martes, 11 de marzo de 2014

Ciao Facebook

Hoy me voy de Facebook y nadie se dará cuenta. Como una piedrecita cayendo en un mar infinito, mi partida creará una pequeña onda que nadie notará y su ruido al caer en el agua nadie escuchará. Más de mil trescientos millones de personas se quedan aún y quién sabe cuántos millones más habrán entrado por su propio pie a esta red infinita al final de este día. Podría irme calladito, sin decir nada, pero aún tengo amistades reales y algunas de ellas me han preguntado por qué me voy y creo que se merecen todas ellas, aún las que no me han preguntado, una respuesta.
No es una respuesta simple la mía y es, con toda seguridad, incompleta, porque no es una sola cosa la que me empuja a irme. Cuando ya me estaba yendo me encontré este escrito de Russkoff que expresa mejor de lo que yo lo haría, una buena parte de las cosas que me hacen pensar que es mejor marcharse. La verdad es que estoy harto de ser utilizado, vigilado y categorizado.  Facebook nos utiliza como si fuésemos mercancías, hace un gran negocio con nosotros y nos da muy poco a cambio. Nos utiliza a nosotros y por nuestro medio a nuestros(as) amigos(as). No quiero regalarle mis amistades a FB. Eso no se hace con las amistades, incluso si ellas no se dan cuenta.
Las relaciones que estamos estableciendo en Facebook se vuelven cada vez más superficiales. No nos tomamos el tiempo para escribir a un ser querido una carta de condolencia ante la muerte de un familiar. Ni siquiera le escribimos un email privado. En lugar de ese gesto personal, humano, optamos por lo fácil y garrapateamos algo en su muro, muy rápidamente, con  errores ortográficos incluidos. Como si no valiésemos nada. Encima pensamos que eso está bien, que relacionarnos sólo superficialmente es 'normal'. Para mí no es 'normal'. No me parece bien que nos tratemos como objetos y que tu único interés hacia mí sea mi like en tu muro cuando pusiste la foto de tu perrito. SIempre he dicho que si me vas a dar un beso me lo des bien, como dios manda, con toda la boca y que si me vas a dar un golpe lo hagás con fuerza, con el puño cerrado. Si nos vamos a relacionar escribamonos, llamémonos, que nos cueste. No quiero tu like ni te voy a dar el mío.
Nunca he tenido demasiados(as) amigos(as) pero aquellos(as) que tuve o aún tengo me han sido siempre muy queridos(as). Son muy valiosos(as) para mí aún cuando no me comunique tan frecuentemente con ellos(as). No voy a reducirlos a 'contactos' y reducir mi comunicación con ellos(as) a las superficiales y brevísimas cosas que nos decimos en FB y a darle 'likes' a sus fotos.
Ésta, que se llama a sí misma 'red social' parece más bien una red antisocial, que sustituye relaciones reales con relaciones imaginarias e inestables. Hay estudios que muestran como esta red está arruinando las vidas de muchas gentes, adolescentes sobre todo, que piensan que las relaciones aquí establecidas son las únicas posibles y piensan que si fracasan en FB, si no son populares allá, han fracasado en su vida. Esta red le cuesta ya la vida a mucha gente. Para que sus dueños se hagan más ricos cada vez. Yo me voy. Ciao.


domingo, 4 de abril de 2010

Melico avanza, finalmente

En Agosto del año pasado les contaba que empezaría a escribir la novela "Melico". Lo que no les conté fue que varias semanas después, cuando ya la novela había avanzado un buen trecho dejé de escribirla. Es que no me gustó por donde se me había ido, no estaba orgulloso de ella. La dejé en reposo por varias semanas para ver si era una cuestión mía pasajera. Pensé que a lo mejor era idea mía que la novela no estaba bien, que a lo mejor el otoño nostálgico y luego el invierno, con sus cortos días y su poca luz me afectaban la percepción y estaba siendo un mal juez de mi obra. Todavía a principios de año intenté recuperarla, llevarla por el rumbo que me gusta llevar mis escritos, imprimirle ese carácter que me gusta que tengan, pero no pude ("yo la regaba, con agua que cae del cielo y la regaba con lágrimas de mis ojos"). La novela no levantaba cabeza. No sabía qué hacer con ella hasta que ocurrió un suceso fortuito que quizás un día les contaré y supe qué cosa tenía que hacer y lo hice: empezar de nuevo, desde cero. Muchos escritores nos torturan con obras suyas que no están a la altura sólo porque no tuvieron el coraje de descartar una obrita que no hacía el grado. Quizás tuvieron pesar del tiempo que le habían dedicado, o tenían que cumplir con un contrato, como sea, nos recetan una obra intragable o sosa. Yo ni siquiera sé si alguna vez alguna obra mía verá la luz del día y se publicará en blanco y negro, pero si así fuera, quiero que sea una obra de la que yo esté orgulloso, que sea mi mejor producto, lo mejor que puedo ofrecerle a mis lectores. Si luego a usted le gusta o no, eso es otro asunto, al menos sabrá que la escribí lo mejor que pude, que he sido honesto con usted y si la novela no hace el grado será porque soy mal novelista. La verdad es que escribo para mis hijas en primer lugar y para mis amigos después y quiero que sea lo mejor que puedo darles.

Por eso mandé Melico al basurero (iba a emplear una palabra más gráfica pero mejor no). Es que si uno va por un mal camino uno no sigue andándolo sólo porque ya ha avanzado mucho, uno se regresa y ya. Tampoco se queda uno a ver el final de una película mala, aunque haya pagado para verla. Yo, al menos, no me quedo y si apenas cinco minutos después de empezada la película cae en desgracia, se vuelve idiota, me levanto y me voy. Eso hice con mi novelita: le aprete la tecla de delete, boté todo recuerdo de ella y empecé de nuevo, con una página en blanco, el primero de marzo. De todos modos mi tiempo de escritor nadie me lo paga, es mío y puedo hacer con él lo que me parezca.

Ahora voy por el buen camino, eso se los puedo asegurar, ahora la novela va marchando por donde quiero que marche. En ese método loco que yo mismo me he inventado y un día quizás les contaré, me he dado para escribirla trece semanas de tiempo que terminan el 30 de mayo y hoy, finalizando la quinta semana estoy pisando ya la linea imaginaria que marca la mitad de la novela. Esta noche llegaré a las 55 mil palabras, por ahí de 100 páginas A4.

Así va la cosa pues, se los cuento porque algunos de ustedes me han preguntado. Luego les cuento cómo me fue.

domingo, 17 de enero de 2010

Patinando (4 y final): loro viejo que aprende a hablar

Regresé a la pista por la noche de ese dîa, cuando los demás patinadores se habían marchado a sus casas. Estaba oscuro pero el reflejo de las luces de la cercana ciudad sobre el manto blanco de la nieve permitîa ubicarse bien en aquella soledad. Busqué un carrito de supermercado, lo empuje al centro de la pista, me apoyé en él para calzarme los patines y con ellos puestos me puse de pie. En lo oscurito, sin testigos, me enfrenté pacientemente a mis limitaciones y le fui buscando la vuelta al palo, buscándole el modo pues a aquel asunto de patinar. Decidî que no iba a darme ni aceptarme como excusa ni la edad ni la falta de forma fîsica, ni el terrible dolor que por todas partes me causaba emprender aquella extenuante tarea: iba a aprender a patinar con todo y mis carencias. Empujé el carrito que se deslizo sobre el hielo muchîsimo más fácilmente que la silla que habîa empleado aquella mañana. Detrás del carrito me fui deslizando yo también, al principio con mucha dificultad, arrastrándome casi. Con el paso de los minutos fui mejorando en mi ejecución, aquel cuerpo cincuentón fue encontrando su balance sobre los patines y el terrible dolor en los tobillos y en la planta de los pies fue disminuyendo y haciéndose manejable al ir encontrando la manera adecuada de mantenerme erguido sin que los pies se fuesen por donde les diera la gana. Me sentí contento del avance que había experimentado y después de varias vueltas a la pista en las que intenté con éxito mantenerme en pie sobre los patines sin apoyarme en nada, me fui feliz para la casa a ponerme linimento para el dolor en toda la parte baja de mi cuerpo.

La noche del día siguiente regresé de nuevo a la pista, a mi tercera sesión de patinaje y esta vez tampoco habría testigos de mis miserias. Hacía un clima áspero, con un frío de varios grados bajo cero y un viento sibilante que hacía que el frío te llegase hasta el hueso. Esta noche, para mi sorpresa, estaba patinando cada vez mejor, el cuerpo dolía cada vez menos y hasta casi podría decirse que empezaba a experimentar placer en el patinaje. Decidido a probar mi suerte empuje el carrito unos cuantos metros delante de mí, me quedé de pie sin su apoyo y empecé a tratar de patinar en su dirección. Pero imaginar cómo se patina no es lo mismo que patinar y no pude ejecutar aquellos graciosos movimientos que me había imaginado a mí mismo realizando. Avancé, sin embargo, a duras penas pero me había desplazado hacia adelante sobre dos patines sin apoyarme. Alcancé a llegar al carrito y por un buen rato estuve repitiendo el acto de enviarlo lejos y patinar luego hasta él, cada vez más lejos. "Estoy patinando", me dije a mí mismo, orgulloso y contento. "El loro viejo está hablando" me dije y empujé el carrito con tanta fuerza que fue a parar unos cincuenta metros más adelante, ayudado por el viento. Llegar hasta allá me costó mucho esfuerzo pero logré patinar aquellos cincuenta metros feliz de la vida. Aún practiqué un buen rato y luego me marché, sorprendido de darme cuenta que hasta entonces no me había caído ni una vez en esas tres sesiones de aprendizaje.

El miércoles 13 por la tarde me fui de nuevo a patinar, esta vez a media tarde y plena luz porque ya había adquirido confianza en mí mismo y ya no estaba haciendo el cuadro en la pista tras de una silla o un carrito, de aquí en adelante patinaría sin apoyo como todo el mundo. De camino a la pista me encontré a Rob, un amigo que gusta de patinar y que al verme decidido se ofreció a darme una clase rapidita y acordamos que el iría a su casa a buscar sus patines y me alcanzaría en la pista en un cuarto de hora.

Rob me encontró en la pista para niños y se rio de mí y me dijo que fueramos a lo pista que usaban los adultos, pero yo le dije que esta pista estaba bien para mi categoría. El amigo me demostró y me hizo practicar los movimientos básicos del patinado y la posición que debía asumir, lo que provocó que me dolieran nuevos músculos que hasta entonces no había usado. El curso rápido fue muy efectivo y antes de media hora y luego de tres caídas sin consecuencias, estaba patinando como se debe. No avanzaba rápido, mis movimientos no eran nada graciosos ni me salían fácilmente y me dolía todo pero patinaba y ahora era sólo una cuestión de dedicarle tiempo hasta que un día pueda hacerlo graciosamente. He aprendido a patinar, a los cincuenta años. Ahora veré qué otra cosa me pondré a aprender, ¿karate quizá?
Así que la próxima vez que usted quiera aprender algo vaya e inténtelo, no deje que le desanimen quienes le dicen que loro viejo no aprende a hablar, no importa si aún quitándoselos resulta que tiene usted un montón de años.

miércoles, 13 de enero de 2010

Patinando (3)

Con la silla delante de mí y medio cuerpo echado sobre el espaldar intenté hacerla avanzar por el hielo y avanzar yo mismo, sin soltarla, tras de ella. Había imaginado que aquel movimiento me saldría sin problemas, elegante, airoso. Me imaginaba deslizándome a gran velocidad por la pista, empujando el asiento, pero no pude replicar en la realidad aquellos gráciles movimientos que visualizaba en mi mente. La silla es el apoyo clásico utilizado por los niños en sus primeras incursiones sobre las superficies congeladas, pero la mía no estaba cooperando, quizás porque fue una silla que me regaló mi amiga Arantza, y ella jamás aprendió a patinar. Mis pies tampoco estaban cooperando mucho, doblándose a uno y otro lado, incapaces de mantener la cuchilla de los patines en posición vertical y aquella lucha por mantener el equilibrio me estaba haciendo sudar y me estaba causando dolor desde la cruz hasta el rabo. Después de un momento de lucha empecé al fin a moverme y logré avanzar unos cuantos pasos que me dejaron sin aliento y decidí sentarme a descansar. Lograr sentarme fue un acto que merecería un post aparte, tan difícil me resultó adivinar los movimientos que tenía que hacer para no terminar de cabeza o de nalgas en el hielo. Logré sentarme cuando ya el dolor en la planta de los pies, en los tobillos y en las pantorrillas alcanzaba niveles insoportables. Creo que los pies no me habían dolido tanto desde aquella vez, hace once años, cuando me caí de una moto en Achuapa y estrellé mi pie izquierdo contra una roca rompiéndomelo en tres lugares diferentes.

Ahí sentado empecé a caer en la cuenta de cuanto estaba aprendiendo sobre mí mismo aquella mañana. Uno hace las cosas del día a día sin pensarlo, sin sentirlo casi, pero intentando utilizar mis músculos en formas en que nunca habían sido utilizados, mis limitaciones estaban quedando al desnudo. Mi cuerpo me parecía un extraño y fui haciendo inventario de las cosas que iba descubriendo. Pero no era sólo sobre mi cuerpo que estaba aprendiendo, mi carácter se dejaba ver también muy claramente. Hace años que vivo una vida en la que no necesito ser muy valiente. Los riesgos de mi vida son muy pocos y muy manejables y quizá por eso, en el momento que busqué el valor dentro de mí para ponerme de pie y patinar me costó trabajo encontrarlo. El valor se presentó al fin pero lo hizo a regañadientes, cuando hace años habría venido sin necesidad de llamarlo. Creo que tenía miedo de caerme y romperme un hueso. La imagen de tipo fiera que de mí mismo tenía se me resquebrajó. El espejo me decía que ya no era yo el más bonito.

Ahi sentado pensé también en la utilidad de emprender el aprendizaje de nuevas cosas, de sentarse de nuevo en la silla del aprendiz. No nos gusta hacerlo y menos nos gusta hacerlo cuando nos están viendo. Por eso, aquella mañana me había ido yo calladito, sin invitar a nadie a acompañarme pues no quería testigos. Yo no sé de usted, pero a mí no me gusta que me vean en mis debilidades, no me gusta mostrar mis vulnerabilidades así porque sí. La imagen de campeón es mucho más gratificante que la de perico (aprendiz). Ahí sentado pensé también en los modos en que nos vamos a acostumbrando a obtener las cosas sin esforzarnos mucho por ellas, sin que nos cueste. Queremos las cosas fáciles y dejamos de perseguir ilusiones porque cuesta mucho alcanzarlas. Hay en nuestra cultura un dicho muy arraigado, “loro viejo no aprende a hablar” decimos, y lo decimos tan frecuentemente que nos lo llegamos a creer y dejamos de intentar nuevas cosas porque nos creemos loros viejos y cuando vemos personas “viejas” intentando aprender cosas nuevas, en lugar de motivarlas hasta nos burlamos de ellas. Ahora voy descubriendo que un loro viejo sí puede aprender a hablar. Claro, será sumamente dificil para un loro viejo aprendiz ganarle en un concurso de oratoria a loros que aprendieron a hablar desde muy jóvenes, pero al menos aprenderá a hablar.

No había llegado a aquella pista de hielo a pasarme la mañana sentado así que me armé nuevamente de valor y me erguí a seguir con mi calvario. La mía debe haber sido una extraña y triste estampa, una doliente imagen, arrastrándome casi por aquella pista, utilizada por niños aún no muy hábiles o muy pequeños, pero todos sin excepción patinando mejor que yo. Por suerte a los niños acá les enseñan a no burlarse de la gente y ninguno me dijo nada, a excepción de uno como de diez años que se me acercó a decirme que un poco más allá -y me señaló una dirección- habían unos carritos de supermercado que voluntarios del club de patinaje habían traído para los que querían aprender a patinar. Me dijo que un carrito era mejor que una silla, que se deslizaba más fácilmente y podía apoyarme mejor. Le agradecí al niño la información pensando que sería para mí imposible llegar hasta los carritos, a unos 75 metros de distancia. Por un rato más continué luchando con la silla y para mi propia sorpresa, descubrí que poco a poco iba mejorando y fui capaz de avanzar por la pista a cierta velocidad y de mantenerme erguido sobre los patines por algunos momentos sin apoyarme en la silla. Cuando el dolor se hizo insufrible y los músculos dejaron de obedecer me quité los patines, me puse las botas y me fui. Decidí regresar al final de la tarde y así lo hice, esta vez sin silla.

martes, 12 de enero de 2010

Patinando (2)



Esos pocos minutos de esa mañana intentando dominar el difícil arte del patinaje fueron para mi no sólo un ejercicio físico sino también un ejercicio intelectual pero sobre todo espiritual. Déjeme contarle cómo transcurrió ese momento tan profundamente aleccionador de esa mañana de sábado.

Yo ya a lo sabia y volví a comprobarlo, que patinar en el hielo es una de esas cosas que parecen fáciles de hacer, hasta que uno mismo lo intenta. Ahí estaba yo, un amigo de cincuenta años que nunca en su vida ha sido deportista tratando de aprender un arte que aun de niño es difícil de aprender pues requiere de mucha disciplina, concentración, fortaleza física, agilidad y dedicación. Para decirlo brevemente, no es asunto de soplar y hacer botellas.

Alrededor mío niños y adultos se movían en sus patines, pasando a veces a gran velocidad por mi lado, disfrutando intensamente de la experiencia, mientras yo sufría enfrentándome a la realidad de un cuerpo que no me obedecía y de un espíritu en lucha que por un lado decía "adelante" y por el otro me decía "sentate". Intenté ponerme de pie y aquello me pareció tan difícil que a mi mente vino de inmediato una escena de la película "Una ventana al cielo" (The other side of the mountain), que en mi adolescencia me produjo una honda impresión y creo que hasta lágrimas me sacó. En esa película una joven atleta de alto nivel, esquiadora para mas señas, queda paralizada desde los hombros después de una terrible caída sufrida mientras se preparaba para los juegos olímpicos de invierno del año siguiente. Semanas o meses después la joven, muy alegre, recibe a su novio atleta esquiador también, sentada en una silla de ruedas con un recipiente lleno de papas fritas en su regazo y para mostrarle a su amado cuánto ha avanzado en su recuperación introduce una mano en el recipiente, tratando de pescar una papa frita, lo que finalmente consigue después de un larguísimo momento de intenso sufrimiento y luego de romper todas las demás papas fritas y de haber sudado a mares por el esfuerzo. Aquel pequeño acto que para ella significa un momento de triunfo al conseguir al fin la necesaria coordinación de sus nervios y músculos, es para el novio un momento de decepción y después de observarlo se marcha para nunca mas volver. Así estaba yo ahora como aquella muchacha, sufriendo y sudando a mares intentando organizar mis nervios y músculos para ejecutar el acto de ponerme de pie sobre un par de zapatos asentados sobre dos cuchillas, que es como definiría yo un par de patines de hielo. Sabia que patinar iba a ser difícil para mí pero nunca pensé que fuese a serlo tanto. Creo que finalmente sentí y entendí, aunque solo fuera por un momento, lo que sienten los discapacitados cuando ejecutan esos actos que nosotros, los no-discapacitados hacemos sin siquiera pensarlo. Intentando ponerme de pie me fui dando cuenta, una por una, de mis limitaciones y fui haciendo inventario de las cualidades que necesitaría si es que quería aprender a patinar. Debía tener valor y enfrentarme al natural temor de caerme, que me mantenía paralizado, pegado a la silla y diciéndome a gritos que no lo intentara, que ya estaba demasiado viejo para esos trotes, que me iba a resbalar, caer y quebrarme algo y que me iba a doler. Respiré hondo, me armé de valor y me decidí a iniciar el proceso de elevarme. Pero aunque un espíritu decidido es una condición sine qua non para ejecutar grandes actos, no es suficiente, al menos no en este caso. Luego de tomar valor necesitás también tener habilidad y aquel hermoso cuerpo mio, que me ha dado tantas satisfacciones en la vida, ha estado demasiado tiempo abandonado, acostumbrado a la vida fácil, sin hacer nunca esfuerzos demasiado grandes y los músculos, aunque aún en bastante buen estado se han aflojado y no responden con la prontitud y la destreza que deberían.

No se cuanto tiempo habrá transcurrido hasta que pude al fin estar de pie, apoyado en la silla que había llevado conmigo, pero el asunto apenas estaba empezando, aun tenia que colocarme detrás de aquella silla para intentar luego moverme hacia adelante sobre aquella superficie, resbalosa como jabón. Mi signo zodiacal es géminis y nunca como en ese momento pelearon tan fuertemente los gemelos que habitan mi mente. Uno de ellos, no sé cual, se empeñaba con mil argumentos en convencerme de sentarme y abandonar el intento mientras el otro me hablaba del gran salto espiritual que para mi significaría continuar en mi empeño. Varias veces estuve tentado de sentarme, quitarme los patines, ponerme las botas y marcharme, pero decidí que seguiría hasta el final y que habría de patinar aunque dejara los dientes tirados por el hielo, convencido de que esta experiencia seria profundamente enriquecedora para mí. Me erguí sobre unos pies que parecían haber cobrado vida propia y se deslizaban en todas las direcciones y logré finalmente colocar la silla delante de mi. Aquel fue mi primer gran logro de aquel día, mi más grande proeza del año que se inicia, pero era sólo un primer paso, aún no era momento de celebrar, la diversión estaba apenas asomando la nariz.

lunes, 11 de enero de 2010

Patinando (1)


Zonsondergang Uitdam, originally uploaded by Remko van Dokkum.

"Al país que fueras, haz lo que vieras" solía decir mi madre, citando a mi abuelo, su padre, que se sabía todos los dichos habidos y por haber. Lo decía con frecuencia, cada vez que viajábamos, aunque sólo fuese a la esquina, y como ella lo decía y mi abuelo lo decía pensaba yo que por algo lo dirían y desde pequeñito traté de seguir el consejo y a cada lugar que he ido he tratado siempre de ajustarme a las costumbres locales. Así, dondequiera que he ido he comido y bebido lo mismo que los nativos y he procurado seguir sus costumbres, pues según fui encontrando, siempre tenían alguna buena razón para comer, beber y hacer esas sus cosas propias y era para mi conveniencia hacer como hacían ellos. No recuerdo haberle preguntado nunca a mi madre por qué o para qué en un país extraño tenía uno que hacer lo que viera a los locales haciendo, pero lo fui entendiendo con el tiempo y terminé de entenderlo a mi manera en mis últimos años de estudiante de Sociología, mientras hacía estudios de caso de sistemas de producción en Masaya: si querés entender a un grupo humano, grande o pequeño te conviene hacer aquello que los miembros de este grupo hacen. No digo que esta sea la única manera de entender a la gente, pero para mí esta ha sido siempre la manera más expedita. Digamos que me he puesto en los zapatos del otro para poder entenderlo.

Les cuento esto porque vivo en Holanda desde hace ya una década y siguiendo mi costumbre, en todo este tiempo he procurado hacer lo que he visto, cuando me ha sido posible. He comido las comidas del país, algunas de ellas un poco difíciles de aceptar en un principio, como el arenque crudo, que ahora me gusta mucho. He bebido sus bebidas, algunas de ellas con un tremendo poder embriagante y, para decirlo en pocas palabras, he adoptado como propias muchas de las costumbres de los nativos, como utilizar la bicicleta como el medio más corriente de transportarse, y saludar a las mujeres con un beso en cada mejilla (aunque últimamente se ha adoptado la costumbre de dar tres besos en lugar de dos, lo que a veces me encanta). Seguro que se me habrán escapado docenas de costumbres locales de las que quizás ni me doy cuenta, pero había una cosa que era importante y aún no había hecho: patinar en el hielo en aquellos inviernos más fríos, cuando algunos canales y otros cuerpos de agua se congelan. Creo que nunca le dí suficiente importancia a esta costumbre del país y en todos estos años por una u otra razón el invierno se fue sin que yo intentara patinar. Algunos años los canales no se congelaron, en otros el espesor del hielo fue insuficiente, en otros más no estuve en el país y en los pocos inviernos que tuve todas las condiciones para patinar, con uno u otro pretexto no lo hice. Este invierno, gracias a una ola de frío que se ha extendido por varias semanas, se han creado magnificas condiciones para patinar en esta ciudad donde vivo y ya no tengo excusa para dejar de hacerlo y decidí que ahora sí, cumplidos mis cincuenta años al fin era hora de aprender a patinar.

Decidido a patinar, el jueves por la noche pasé a visitar a mi amigo Kees, jugador de rugby y fanático del patinaje sobre hielo quien me dio prestados un par de sus patines y el sábado por la mañana me fui a las afueras del pueblo a un lugar donde un grupo de voluntarios han habilitado una pista sobre una laguna congelada. El día anterior cientos de niños, jóvenes y viejos se movían por la improvisada pista, pero esa mañana, para mi suerte, había un clima de perros, con un viento frío que se metía hasta el cerebro congelándote el pensamiento y los patinadores eran sólo unas pocas docenas. No habrían pues demasiados testigos a mi atrevido intento. Entré a la laguna congelada y caminé unos treinta o cuarenta en dirección a su centro cargando la silla de madera que había llevado conmigo para que me sirviera de apoyo, me senté en ella, me quité las botas y me calcé los patines. Aún me quedé unos pocos minutos sentado, pensando en la magnitud de la tarea que tenía por delante. Jamás he sido deportista y cuando jugaba beisbol en mi niñez con bola de calcetín en las calles de la Managua pre-terremoto, era de los últimos en ser escogido y era usualmente el que provocaba que mi equipo perdiera el partido. Mi hazaña deportiva más grande la había escenificado una tarde de 1977, bajo la influencia de la adrenalina, en una manifestación contra el dictador Somoza en el Barrio Riguero de Managua, al saltarme un ancho cauce y luego un alto muro, escapando a la persecución de un guardia de Somoza, único testigo de mi proeza. Eso y las largas y lentas caminatas que hiciera en los años ochenta como soldado de la reserva persiguiendo enemigos que nunca encontré y cuya existencia llegué a dudar, habían sido lo más cercano a la práctica deportiva que yo había vivido. Ahora estaba ahí sentado disponiéndome a patinar. Luego de muchos años de dejar en paz a mi hermoso cuerpo y no someter sus músculos a muchas exigencias me disponía ahora a ponerlo a trabajar y a aprender una disciplina que bien sabía yo exige una buena condición física.

martes, 22 de diciembre de 2009

Sacá el jabón que llueve


En estos últimos días he tenido mucho tiempo libre y he andado por aquí y por allá, ocupado en esa inútil afición mía de observar a la gente del mismo modo que otros observan las aves, y mientras observaba, se me venía a la cabeza una reflexión que quiero compartir con usted.

Me da la impresión, o mejor dicho, quiero pensar, que a este mundo llegamos con algunas capacidades que utilizamos de niños y que luego abandonamos como producto de nuestro proceso de socialización. Una de estas capacidades es la de encontrar en la adversidad el lado bueno de las cosas.

Los niños pequeños son expertos en encontrarle el lado bueno a las dificultades. Recuerde usted, por ejemplo, lo divertido que era en su niñez cuando al vehículo en el que usted viajaba se le ponchaba una llanta allá en un camino dejado de la mano de Dios. Tenía usted entonces la oportunidad de bajarse del vehículo y explorar un territorio que le era desconocido y encontrar mil secretos ocultos a los ojos de los mayores, mientras estos se quejaban o maldecían la mala suerte.

En los días pasados ha nevado mucho en la ciudad donde vivo, tanto que ha dificultado el tráfico, provocado atrasos y en diversas formas afectado el quehacer común de las gentes. Muchos han tenido que dejar la bicicleta en casa y se han visto obligados a caminar a la tienda, el trabajo o a sus otras ocupaciones. Mucha gente anda seria, malhumorada, contrariada porque sus planes no van como deseaban. Los niños, sin embargo, andan más felices que nunca, con rostros radiantes y sonrisas de oreja a oreja. En estos días tienen vacaciones de la escuela y que precisamente ahora caiga nieve -y tanta- es un sueño hecho realidad, no importa si en el país entero todo se complica, si los trenes se detienen, si los buses dejan de circular, si los aviones dejan de salir y de llegar y los embotellamientos en las carreteras suman centenares de kilometros. Hay mil juegos que los pequeños imaginan y ejecutan con la nieve y en ella, desde tirarse bolas de nieve los unos a los otros hasta deslizarse por las pendientes -que en este país plano no son muchas ni tan pronunciadas- o jalar y empujar por turnos un trineo.

Usted puede decirme -y con razón- que ellos pueden mirar las cosas de este modo porque son niños, porque no tienen responsabilidades, porque no miran más allá de sus narices, pero yo he conocido personas que de adultos conservan aún esta cualidad de los niños y que sacan ventaja de las difíciles circunstancias en las que a veces llegan a encontrarse.

He conocido gente que es capaz de aceptar sin mas la lluvia que se les viene de pronto encima mientras van andando por un camino interminable y sacan entonces el jabón, aprovechan para bañarse y mientras se bañan cantan. Son gente que no se deja amilanar por cosas que escapan a su control y tratan de montarse sobre la ola, llevando la vieja máxima de "al mal tiempo buena cara" a su máxima expresión. Son personas muy equilibradas, muy tranquilas y yo diría que hasta muy felices.

Había pensado contarle de las cosas buenas que me han ocurrido luego de que algo imprevisto echó mis planes por el suelo. Iba a contarle de la noche de fantasía que viví una vez luego que por mal tiempo mi avión no pudo aterrizar en el aeropuerto de destino y tuvo que desviarse hacia otra ciudad. O de las dos semanas de ensueño que tuve que quedarme en una aldea del caribe porque la lancha en que viajaría no podía llegar a recogerme por la lluvia (un día, si el tiempo me alcanza pienso escribir una novela basada en esas dos semanas). Iba a contarle pues de mis experiencias, pero en su lugar recurriré a la memoria de usted y le invitaré a recordar aquellas experiencias agradables, que hasta llegaron quizá a cambiar el rumbo de su vida luego que algo imprevisto cambió los planes que había usted hecho. A lo mejor un día equivocó usted el camino y se perdió y gracias a ese error conoció a un hombre o una mujer que ama o amó. A lo mejor un día se canceló su vuelo y tuvo de esa forma la oportunidad de conocer una ciudad maravillosa. Quién sabe, busque usted en su memoria y de seguro encontrará alguna agradable experiencia que sólo fue posible gracias a un suceso imprevisto que cambió el rumbo que usted se había trazado. Claro, seguramente habrá ocasiones en las que no es posible encontrar el lado bueno, pero estas son circunstancias extremas pues en la mayoria de los casos la adversidad tiene también un lado amable.

Creo que buscarle el lado bueno al inconveniente que de pronto encontramos es una actitud más saludable que amargarse y lamentarse porque las cosas no salen como deseamos. Si no podemos cambiar las cosas será mejor relajarse y abrir los ojos para estar atentos a mirar las cosas buenas que en cualquier momento se aparecerán a nuestra vista. Quizá por cerrar los ojos de rabia no se encontrarán nuestros ojos con esos otros ojos que nos miran curiosos desde el otro lado de la sala de espera.

Un abrazo y que esta navidad y el año que viene ocurran cosas fabulosas en su vida. Ojalá y quiera usted contármelas.

lunes, 31 de agosto de 2009

Una urgencia terrible

mothman. by ~PanZerkorps on deviantART

Había planeado empezar el 21 de septiembre con la escritura de "Melico", mi segunda novela. Por eso en las semanas pasadas había venido preparando, sin mucha prisa, el esquema que servirá de esqueleto de la novela. Había puesto esa como fecha de arranque porque entonces termina el verano, y el verano en Holanda me parece tan bello que considero más que un pecado encerrarse en tu mundo interior cuando afuera hay tanta belleza en el aire. Pero una cosa son mis deseos y otra cosa son mis urgencias. Tengo una terrible urgencia de escribir que sólo se verá satisfecha cuando me siente frente a mi computadora y empiece a dejar salir los duendes que pueblan ahora mi cerebro. Supongo que la mía será similar a la urgencia del alcoholico por ir y echarse un trago, o la del fumador por fumar, o la del jugador por sentarse a una mesa de juegos. No digo que escribir sea un vicio, creo más bien que es su contrario, pero no encuentro una manera mejor de comunicarles lo que siento. Ya no presto atención a las cosas y las gentes, me cuesta conciliar el sueño y sólo ando pensando en "Melico", que es el nombre provisional de la novela que ahora empezaré, por eso, este mediodia, cuando me descubrí enviándome desde una computadora de la biblioteca pública un mensaje a mí mismo en el que describía un pasaje de la novela, decidí que ya no puedo darle más largas al asunto.

No me queda pues más que empezar con esta aventura.Estoy nervioso y tembloroso como cuando acudía, más asustado que otra cosa, a mis primeras citas de amor. Si la escritura de esta novela sigue el mismo curso que siguió la primera, en las próximas dos, tres, o cuatro semanas, estaré de un genio terrible producto del nerviosismo y de la inseguridad que seguramente me atacará tratando de encontrarle el hilo a la historia y tratando de convencerme a mí mismo que puedo escribirla. Mientras no sepa por donde tengo que ir (y no lo sabré sino hasta haber escrito un par de capítulos) y no esté seguro de poder llevarla bien hasta el final, no estaré tranquilo. Solo cuando me sienta seguro al timón de la nave estaré contento y entonces me iré silbando hasta el final.

En el otoño pues me convertiré en un ratón de biblioteca y vagaré como un fantasma entre la biblioteca municipal y la biblioteca de la universidad llevando a la espalda mi mochila con mi laptop y cuadernitos en los que iré anotando las ideas que se me han ido ocurriendo y se me ocurrirán. Es que si voy a escribir entre cuatro paredes procuraré que el espacio entre ellas sea el más grande posible y sobre todo en la de la universidad el espacio es enorme hacia los lados y hacia arriba. Es hacia arriba que necesito en realidad más espacio para que las mariposas de mi mente puedan salir a revolotear en el aire.


Allá voy pues, a embarcarme en esta nueva aventura. Ya les iré contando, en este mismo blog cómo me va.

miércoles, 5 de agosto de 2009

Look to this day

Look to This Day

For it is Life, the very Life of Life.

In its brief course lie all the Verities and Realities of your existence;

The Bliss of Growth;

The Glory of Action;

The Splendor of Beauty;

For Yesterday is but a Dream,

And Tomorrow is only a Vision:

But Today well lived makes every

Yesterday a Dream of Happiness, and

Every Tomorrow a Vision of Hope.

Look well, therefore, to this day!


[This poem by Kalidasa, an Indian poet, is dedicated to my English speaking Twitter followers who asked for it. A Spanish translation will follow soon. This version has been translated by Charles F. Haanel]

[En español: este poema de Kalidasa, un poeta indio, está dedicado a mis seguidores angloparlantes en Twitter que así me lo pidieron. Próximamente le seguirá una traducción al español]