viernes, 2 de noviembre de 2007

En edad de tener querida (parte 2)

Aquella tarde, el tío Felipe y la tía Pilar se pusieron de acuerdo en que el tío se buscaría una amante porque según la tía una sola mujer no era suficiente para un hombre tan amoroso y ardiente.

-¿Querés que hable yo con ella? ¿Querés que te la convenza? -había preguntado la tía Pilar.

-No Pilarica, si me voy a buscar una querida me la voy a conseguir yo mismo, ¡No faltaba más! Yo mismo la voy a enamorar y la voy a conseguir. Vos estate quieta que podés enredar la cosa.

-Pero mirá Felipe que vos no sos muy bueno en eso de enamorar. Me preocupa que la mujer no te haga caso y que otro bandido te la vaya a quitar.

-Estás loca, yo soy un campeón en estas lides. ¿Acaso no te conseguí a vos?

-¡Ja! Yo fui quien te enamoró pues vos nunca actuabas. Si me hubiera quedado esperándote me habría quedado a vestir santos.

-Bueno, así no es como yo recuerdo las cosas, pero mejor dejémoslo hasta aquí nomás. Yo voy a conseguir a la mujer y ya.

El tío Felipe, parsimonioso hasta decir quitá se puso manos a la obra, pero los días fueron pasando y fue evidente que los temores de la tía Pilar no eran del todo infundados. Una tarde que el tío Felipe se sentó a la mesa malhumorado, la tía pIlar creyó oportuno hablar con él y ofrecerle ayuda.

-¿No va bien la cosa, Felipe?

-No, no va bien. No me la he volado si a eso te referís.

-¿Querés que hable con ella? -Preguntó la tía.

-¿Y qué le vas a decir? -respondió el tío mirándola de mal modo, y continuó- Seguro que le vas a decir "Mirá Fulanita, ¿Se lo podrías prestar a mi marido?" Vos sí que estás mal de la cabeza. Ya te dije que no te metás que esto lo arreglo yo mismo.

-Tenés que apurarte, esmerarte. A este paso te la quitan. He oído que Sacasa ha estado pasando por allá y ese hombre es zángano, sus mujeres le tienen más de cuarenta hijos.

-Sacasa no tiene ahí ninguna esperanza, ese sólo consigue muchachas del pueblo, criadas, esta mujer es de otro nivel. Además él es sólo amigo de ella, desde tiempos del finado. Pasa por donde ella para dejarle leche y a veces alguna cuajada.

-Pues a cuajadazos te la va a quitar. ¿Y vos qué tanto es lo que hacés allá? Porque últimamente te pasás las tardes en esa casa.

-Yo le dije que vos me mandaste a ayudarle a reparar los cuartos de allá atrás que se estaban cayendo.

-¡Ah! Es que ahora sos carpintero...

-Y pocero.

-¿Cómo es eso?

-Le limpié el pozo que se le había desbarrancado en el fondo.

-¿Te metiste al pozo? Ay Dios, ¡te me vas a ahogar!

-Me metí junto con "chancho rapado", el albañil. Tres días trabajamos y lo dejamos nítido. El mejor pozo del pueblo.

-Estás muy trabajador. Y aquí ni siquiera agarrás una escoba para hacer la mueca de barrer.

-Vos tenés catorce criadas, a aquella pobre mujer sólo le ayuda la mama, que además de vieja está toda achacosa.

-Sos un exagerado, sólo tengo dos mujeres.

-Y la cocinera.

-Tres.

-Y la que hace los mandados.

-Eso suma cuatro, no catorce, ¿Pero vos ya le dijiste a la viuda lo que querés de ella?

-Todavía no -respondió el tío, como apenado- el día que se lo iba a decir empezó a llorar, acordándose del finado Medina.

-Y vos por saupuesto le dijiste que Medina era un hijueputa, un canalla, que la dejó en la calle por zángano y por bolo, que se murió por estúpido porque nada tenía que andar haciendo en esa barrera de toros y menos así de borracho como andaba.

-Cómo se te ocurre que yo le pueda decir eso. Medina está muerto y no es correcto hablar mal de los muertos.

-Maridito lindo, yo te quiero mucho pero déjame decirte una palabra: ¡bruto! con B de buerro grande. Para conseguir a una mujer no se le habla bien del marido, por muy vivo o muerto que esté. Siempre hay que echarle tierra si es que está vivo y si está muerto hay que echarle más tierra aún porque no puede defenderse y para que no se salga del hoyo. En este asunto uno debe ser implacable.

El tío Felipe miró a su mujer como si esa hubiera sido la primera vez que la veía. Después de un rato de mirarla empezó a reirse a carcajadas.

-¡Ahora resulta que sos experta en estos asuntos. Y desalmada además! Vos pensás que porque leés novelitas de amor francesas sabés todo sobre el amor, ja. Pues para que sepás yo no voy a echarle carbón al finado Medina para tener algo con su viuda. Si voy a llevármela a la cama será a mi modo, limpiamente, sin tener que desfigurarle la imagen al pobre Medina, que además me caía bien con todo y sus defectos.

La tía se quedó callada esa tarde y por un buen tiempo más no habló más del asunto. La idea de mandar a Felipe a buscarse una querida no había sido tan mala, pues aunque la señora aquella no lo dejara aún entrar en su cama, el tío tenía ahora una entretención y se pasaba muchas horas fuera de casa, dejándola a ella en libertad para ocuparse de sus propias cosas que a fin de cuentas era lo que ella quería. La tía había empezado a escribir una novela de amor, pero poco a poco había ido cayendo en la cuenta que ese asunto de escribir era más difícil de lo que parecía. Escribir aquella novela era como armar un rompecabezas sin tener frente a sí el modelo y aunque tuviera todas las piezas necesarias, por más que se esforzara no lograba armarlo bien, no lograba escribir lo que quería y del modo como lo quería. Le faltaba leer más -pensaba la tía- para aprender a narrar los episodios de amor y por eso en los últimos días devoraba más que leía, novela tras novela. Había descubierto a los escritores rusos y estaba fascinada con aquella manera de describir las cosas que tenían los rusos, quizás por provenir de aquellos enormes territorios helados. Así pasaron tres meses.

Una tarde de mayo empezaron las lluvias.

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