jueves, 25 de octubre de 2007

En edad de tener querida (parte 1)

La tía Pilar y el tío Felipe eran la envidia y el ejemplo de las parejas del Rivas de mediados de los años cincuenta: eran ricos, sanos y guapos y después de un cuarto de siglo de matrimonio seguían amándose como al principio. A sus cuarenticinco años la tía Pilar se conservaba de lo mejor, sus carnes eran aún firmes, sus dientes blanquísimos y el brillo en sus ojos denotaba una mente despierta y un espíritu apasionado. La tía Pilar era muy feliz y tenía nada más un pequeño problema y era que el tío Felipe aprovechaba los momentos que tenía libre, que eran muchos, para pasar a verla y no es que ella no estuviera encantada de aquel hombre tan amoroso, pero quería hacer otras cosas en la vida y no solamente pasársela amando. Quería escribirle cartas a sus hijos que estudiaban en Europa, quería aprender francés, leer los clásicos rusos y españoles, quería escribir un libro sobre la educación de los hijos, pero con el tío Felipe siempre presente ocupando su tiempo no podía hacer nada, pues cuando no estaba éste con ella en la cama estaba queriéndosela llevar a la cama o estaba metiéndole plática. A sus cuarenta y ocho años el tío Felipe estaba aún muy fuerte y gracias quizás a su alimentación, en la que el pescado, la langosta y la carne de res roja y sin grasa se alternaban diariamente en su mesa, se encontraba sexualmente muy activo y quería coger todos los días y a veces más de una vez.

-Ay Felipe -le decía la tía sucumbiendo a los embistes amorosos de aquel toro salvaje- vos un día de estos o me matás o me dejás renca con este amor tuyo tan apasionado.

El mejor amigo de la tía Pilar era su primo José María, curita párroco de la Iglesia de San Jorge, un pueblito a orillas del lago Cocibolca, el mismo lago que los granadinos llaman "de Granada" y el resto del mundo "Lago de Nicaragua". El curita era hombre inteligente, alegre y dicharachero, de finos modales y afeminado. El padre Chemita, como le decían sus feligreses con cariño, estaba destinado a ser Papa, pero un par de años atrás, oficiando la misa en la Catedral de León por invitación del obispo, se había equivocado en su sermón y dió la impresión de estar criticando al gobierno. Había gente poderosa en aquella misa y más tardaron en salir que hablar con el obispo que, aunque era Chema un cura muy culto que había trabajado incluso un par de años en el vaticano, lo mandó de una vez como párroco de aquella iglesita en aquel pueblito donde no parecía pasar nada. Una tarde que el curita se encontraba de visita la tía Pilar le contó de su problema.

-Chemita -le dijo seria- tengo un problema que te quiero contar, pero no se te ocurra contárselo a nadie.

-¿Querés que te confiese? Así podés tener la seguridad que de mi boca no sale, ni siquiera bajo la tortura más terrible.

-No es necesario. Si esto se divulga le hago llegar al obispo tus secretos y si te deja vivo te manda de misionero al Caribe.

-¡Ni quiera mi Dios! A ver, contame, que yo soy una tumba.

-Una tumba abierta quizás.

-Como me tratás, qué barbaridad. Contame.

La tía Pilar le contó a su primo su problema y éste que era hombre práctico la escuchó muy serio.

-¿Y has probado a darle alguna cosa que le baje la libido a ese diablo?

-No, eso no lo hecho y además, si supiera qué darle de todos modos no se lo daría, no vaya a ser que lo vaya a perjudicar y se le descomponga para siempre aquello que te conté.

-¿Qué cosa se le va a descomponer? y a mí no me has contado nada, que yo sepa -el curita no dejaba de bromear ni en las más serias circunstancias.

-Vos bien sabés de qué estoy hablando, esto es un asunto serio y si estás bromeando no te sigo contando.

-Disculpame, me pongo serio -y el cura puso cara de circunstancias- o sea que lo que querés es que no te busque tanto y que no se pase tanto tiempo en la casa.

-Exacto.

-No que deje de usar aquella que me contaste ni deje de hacer con vos aquello otro, que también me contaste, sino que lo haga menos.

-Ajá.

-Para que vos tengás más tiempo de hacer tus cosas, leer tus libros, escribirle a tus hijos...

-Me estás aburriendo Chemita.

-Entonces primita agarrate duro a esa silla para que no te caigás cuando te diga esto y por favor no te riás que no estoy bromeando: tu marido lo que necesita es una querida, una mujer que te reemplace a veces en tu quehacer.

La tía se quedó en silencio un largo tiempo, pensando, sopesando la idea. Se quedó tanto tiempo en silencio que el curita casi se quedó dormido pues en aquella casona enorme de paredes altísimas y muros de un metro de espesor, cuando nadie hablaba el silencio era total y si había silencio te entraba sueño.

-Tenés razón -dijo la tía- esa sería la solución. Sólo que él nunca lo haría, nunca se buscaría una querida, es un hombre muy fiel.

-Eso es cierto, es hombre que sólo en su libro sabe leer. Pero decime una cosa con franqueza: ¿A vos no te molestaría que se echara una querida encima? -preguntó el cura.

-¿Francamente? Creo que no, siempre y cuando no me cambie por la amante. Si él pudiera darnos cariño a ella y a mí yo no tendría ningún problema con eso. El tiene mucho más cariño que el que una sola mujer pueda asimilar. Tampoco hay problema de que le vaya a pasar los bienes a la querida porque la mayoría los puso a mi nombre.

-Viva que sos que los pusiste a tu nombre.

-¡Qué va! Eso fue de su propia iniciativa. ¿No te digo que es una belleza de hombre?

-Yo siempre te lo dije.

-Vos nunca me lo dijiste, por el contrario, siempre te cayó mal y le echabas carbón.

-Bueno, cuando joven no era yo tan sabio -dijo el cura-.

-¿Cómo le hacemos entonces?

-Vos sos quien tiene que hablar con él.

-Tenés razón, yo misma tengo que decírselo.

La tía Pilar se pasó semanas buscando el momento y ensayando el modo de decirle al tío Felipe que se buscara una amante. Por fin, una tarde ardiente en que habían echado un polvo magnífico y los dos se habían quedado viendo estrellitas a plena luz del día y yacían extenuados, bañados en sudor, extendidos desnudos sobre la inmensa cama, la tía se lo dijo.

-Felipe, vos sabés como te quiero yo ¿Verdad?

-Bueno, sí, tengo la impresión que mucho me querés.

-Que no te quepa duda. Pero yo creo que vos sos hombre que tiene amor a borbollones y creo que no soy suficiente para vos.

-¿Qué estás pensando? Explicate mejor.

-Yo creo que vos sos como esos sementales, uno de esos fogosos potros tuyos que necesita una manada de yeguas para estar contento.

-Con vos tengo todas las yeguas que quiero.

-No, yo creo que te estoy limitando y yo no quiero ser obstáculo en tu felicidad. Te quiero tanto que hasta te podría compartir.

-¿Qué libros has estado leyendo? Ya sabía yo que un día de tanto leer se te iba a secar el cerebro, como a Don Quijote.

-En serio Felipillo -la tía usaba ahora el nombre reservado para los momentos más íntimos y cariñosos- yo creo que vos necesitás buscarte una amante. La tía Pilar se quedó callada, esperando la reacción del tío Felipe. Este sólo atinó a mirarla fijamente, como tratando de escudriñar los más profundos pensamientos en la mente de la tía.

-¿Estás segura que no es que has dejado de quererme?

-No seas baboso Felipe, te quiero con toda mi alma, eso te lo puedo jurar hasta con los dedos de los pies y vos sabés que yo no miento.

-¿Y no te va a molestar lo que la gente va a decir?

-La gente no tiene que enterarse y si se entera pues que se entere, que yo no como ni bebo de la gente. Además en este pueblo todos los hombres de tu edad y de tu posición tienen querida. Eso todo el mundo lo sabe.

-Todos menos yo.

-Pues ya es hora de ponerse al día. Te conviene buscarte una muchacha aseada, limpia, no muy joven, no vaya a ser que te las pegue y el amante le ponga una enfermedad y te la pase a vos. Tiene que estar clara que te tiene que ser fiel. Tiene que ser una mujer de buenas costumbres y tiene que estar sabida que no me vas a dejar por ella.

-Parece que vas adelantada. ¿Desde cuándo estás con esta idea?

-Hace días ya.

-¿Y ya tenés alguna en mente?

-La viuda de Medina es lo mejor que se puede encontrar. Es buena mujer y Medina la dejó en la calle, el pobre, tan mal administrador. La pobre se ve en muchas dificultades para mantener esos cuatro muchachos. Además es buena amiga mía y creo que podemos seguir siendo amigas.

-Pero ella ya no quiere tener un hombre, vos misma me has dicho.

-Ella no quiere tener un hombre como el finado Medina, fiestero, mujeriego y botarata. No quiere hombre que la joda. Vos no la joderías, más bien creo que podría ser feliz con vos así como yo misma lo he sido y seguiré siendo aún.

-¿Y no tenés miedo que me vaya con la querida y no vuelva?

-Entonces te perseguiría hasta el fin del mundo y cuando te agarrara te caparía y te pelaría vivo. No me conocés Felipito, no jugués con fuego.