sábado, 10 de noviembre de 2007

En edad de tener querida (parte 4)

Cuando regresó de la iglesia, una hora y media después de haber salido, la tía Pilar encontró una nota del tío Felipe en la que le pedía cenar sin él, pues el mandador había venido a avisarle que con la lluvia una vaca se había caído de una loma y estaba muy golpeada. El tío Felipe había ido a verla y regresaría por la noche. La tía se sentó en una mecedora a seguir leyendo Anna Karenina. Ya tendría tiempo después para decirle a Felipe que debía respetar los horarios establecidos, por ahora y por ser la primera vez se lo dejaría pasar.

La tía cenó y luego continuó leyendo y a eso de las nueve de la noche se fue a dormir. El tío regresó una hora más tarde, tratando de no despertarla. Ella se despertó de todos modos pero fingió dormir. Con los ojos cerrados lo oyó siguiendo sus rituales de antes de irse a acostar. Después de tantos años de vivir juntos ella podía adivinar cada movimiento suyo escuchando cada ruidito. Se dió vuelta en la cama y se puso de costado, dándole la espalda al sitio que Felipe ocupaba en la cama, del mismo modo que lo hacía cada noche. Ella se iba siempre a dormir antes que él y luego él venía y la rodeaba con su fuerte brazo, la besaba delicadamente en la nuca y ella se sentía entonces, cada noche, la mujer con la mejor suerte en el mundo. Esa noche no fue diferente de las otras y aunque él olía a un jabón diferente, el fuerte abrazo y el suave beso, confirmaban que nada había cambiado. La tía fingió despertar, se viró, besó al tío rápidamente y sonrió.

-¿Se murió la vaca vieja? -preguntó.

-No se murió y no era tan vieja, era más bien nuevona, del golpe quedó medio renca pero ya mañana o pasado estará bien -el tío habló en doble sentido, tratando de descubrir si Pilar había tenido algo que ver en el súbito cambio de la viuda, que había pasado de rechazarlo a suplicarle casi. Según él, si Pilar reía sería porque había entendido la broma y si había entendido sería porque algo tenía que ver en el asunto. La tía rió para sus adentros pero se hizo la desentendida.

-¡Qué bueno! -dijo la tía-, buenas noches, que durmás bien.

-Buenas noches -respondió Felipe- que durmás bien vos también.

Un minuto después ambos dormían plácidamente.

lunes, 5 de noviembre de 2007

En edad de tener querida (parte 3)

Bajo el intenso aguacero, Felipe regresó a su casa a media tarde. Venía serio y se veía agitado.

-¿Qué pasó? -preguntó la tía, un tanto molesta por ver interrumpida su lectura. Por esos días leía de nuevo Ana Karenina, de Tolstoy su ruso favorito y le irritaba sobremanera tener que dejar de leer enmedio de un capítulo.

-Pasa que no pasa nada, eso es lo que pasa -el tío Felipe tenía arrugado el entrecejo, que sólo raras veces arrugaba, en las muy contadas ocasiones en que algo le disgustaba.

- Le dijiste al fin lo que querías.

-Ajá.

-Y te dijo que no.

-Ajá.

-¡Qué atrevida! ¿Qué se habrá creído esta?

-La puse contra la pared y casi que la garnaché.

-¿Gritó?

-No, no gritó.

-¿Decía que no bajito? -la tía iba trás los detalles.

-Es que no había nadie en la casa, los muchachos se fueron con la abuela, nadie la hubiera oído de todos modos.

-Pero ella no gritó, dijo que no bajito, en un susurro.

-Exactamente.

-Y te empujaba hacia atrás pero sin mucha fuerza, diciendo "no, no, por favor, no".

-Esa es la descripción exacta.

-Entonces ella quiere, pero hay algo que la detiene -dijo la tía, pensativa-, una mujer que no quiere grita, patalea, araña, escupe y muerde.

-Dice que no puede hacerte esto a vos -dijo el tío Felipe.

-Buena muchacha es esa. Tendrás que seguir intentándolo.

-No Pilarica, yo paro aquí. No me gusta este asunto y yo no necesito querida.

-Bueno -dijo la tía Pilar- dejémoslo aquí pues.

-Voy a bañarme en la lluvia en el patio de atrás -dijo el tío Felipe dejando la mecedora en la que se había sentado- talvez así se me pasa la agitación.

-Andá bañate, yo ya vuelvo, tengo que ir un rato a la iglesia.

-¿A esta hora y bajo esta lluvia?

-Las cosas de Dios están primero que nada -dijo la tía Pilar.

-Pero si vos no creés en Dios.

-Claro que sí Felipe, es en los curas en quienes no creo mucho.

-Que te vaya bien pues, llevate un paraguas.

La tía salió presurosa a la calle llevando un paraguas que olvidó abrir. Iba hablando para sí y por suerte no había nadie que la viera pues la habrían tomado por loca.

-Mujercita más babosa -iba diciendo la tía- qué se habrá creído, despreciar a este hombre tan bueno y tan guapo. Loca está esta jodida.

Cien metros más adelante recordó abrir el paraguas y empezó a caminar más despacio. Iba hacia la casa de la viuda, en una misión muy rara. Iba a convencerla de ceder a los requiebros amorosos de su marido. La viuda pensaría que estaba loca -y a lo mejor lo estoy -se dijo a sí misma-, pero ya casi llego y de aquí no me regreso.

La viuda le abrió la puerta, sorprendida de verla.

-Doña Pilar, que milagro, pase, pase que se va usted a resfriar - la viuda la acogió amablemente.

-Estoy haciendo café, para el frío -siguió diciendo la viuda- ¿le sirvo una tacita?

-Pues no me caerá nada mal -dijo la tía Pilar al mismo tiempo que se sentaba. "Esta no me dice nada" pensaba la tía, "o no se atreve o no quiere que me entere para más adelante ceder con Felipe".

El café y las galletitas lo acompañaron las dos mujeres con una plática amena pero superficial. Ambas reían, divertidas pues en verdad simpatizaban la una con la otra. La tía no había venido a socializar así que en un momento de silencio habló al fin.

-Matilde -dijo la tía- tengo que decirte que yo sé bien de las visitas de Felipe a esta casa.

-Don Felipe es muy amable -trato Matilde de minimizar el asunto- me ha ayudado a reparar la casa, enviado por usted por supuesto.

-También sé que te quiso garnachar -dijo la tía y una ola de rubor cubrió el rostro de la viuda.

-Yo no se lo decía a usted porque no quiero que ustedes se vayan a distanciar por eso. Los hombres son así, buscan otras mujeres, pero usted es la mujer que este señor quiere y la única que de verdad le interesa. Si intentó hacer algo conmigo es porque a lo mejor me mira como un juguete. Así son los hombres, como los gatos, que matan un ratón para jugar nada más, no porque tengan hambre, sino porque dio la casualidad que el ratón pasó por donde ellos estaban echados.

-Felipe me contó y me dijo también que vos lo rechazaste.

-Así es doña Pilar, yo no puedo hacerle caso a un hombre casado, mucho menos al marido de una señora por la que tanto aprecio y tanta estima tengo.

-Gracias Matilde, te agradezco mucho que me guardés las espaldas. Pero decime una cosa: ¿Te disgusta mi marido?

-No sé por qué me lo pregunta usted, pero: ¿Quiere que le de una respuesta franca? -la viuda miró directamente a los ojos de la tía y sin esperar una respuesta prosiguió- su marido es un hombre muy atractivo, tuve que sacar fuerzas de sabrá Dios dónde para decirle que no, que por favor me dejara. Yo no soy de palo y nadie se me había acercado tanto desde le muerte de Medina, de eso hace ya más de medio año, pero por suerte don Felipe aceptó mi no, cosa que no todo hombre acepta. Ahora, doña Pilar, -dijo la viuda avergonzada y bajando la vista- si usted deja de hablarme y termina aquí su amistad conmigo yo lo entenderé muy bien. Pero déjeme decirle nada más que esto no es algo que yo haya buscado, eso se lo puedo jurar por lo más santo que yo tengo.

-Matilde, yo te tengo un gran aprecio y un gran cariño y tu actitud y estas palabras que ahora me decís sólo hacen que mi estima hacia vos aumente. La tía tenía los ojos húmedos, estaba en verdad conmovida. La viuda rompió a llorar.

-Gracias por su comprensión doña Pilar -dijo la viuda- le aseguro que esto no volverá a repetirse. Don Felipe no volverá a entrar a esta casa, se lo prometo.

-Matilde -dijo la tía Pilar- Felipe es mi adoración. ¿Vos podrías entender que yo no me ponga brava con él por querer convencerte a vos de hacer aquello que te conté?

-Doña Pilar, yo lo entiendo perfectamente. El finado Medina era mi adoración, así como don Felipe lo es de usted, pero ese hombre era muy caliente y cada vez que podía se acostaba con alguna mujer. Yo sabía de sus andanzas pero nunca lo dejé porque el siempre me convenció de que su verdadero amor era yo. Además el podia andar con la mujer que fuera pero siempre que volvía a la casa me demostraba su amor de nuevo. El día de su velorio vinieron un montón de sus amores de ocasión a despedirlo, ahí estuvieron llorándolo en los rincones y más de una vino a abrazarse conmigo. Yo no le hice mala cara a ninguna de ellas pues ninguna me hizo a mí nada, era Medina el bandido, ellas sólo eran débiles, además, mal gusto no tenían las muy putas, perdóneme usted la palabra.

La tía Pilar rompió a reir a carcajadas ante las ocurrencias de la viuda y ésta la acompañó, riendo también. Por un buen rato un ataque de risa hizo presa de ambas y no podían ni mirarse pues rompían de nuevo a reir.

-Sos increíble muchacha -dijo la tía cuando pudo al fin hablar- si hasta parecés hija mía. Ahora dejame que te diga una cosa. No tenés que decirle que no a Felipe -la viuda peló los ojos sorprendida, Pilar siguió hablando-, si vos querés tener algo con él yo no voy a meterme en eso. Felipe te busca para una relación larga, no para un polvito y ya, así que si te metés con él ya sabés por donde va la cosa. Pase lo que pase quiero que vos y yo sigamos siendo amigas. Si vos podés compartir un hombre, yo también puedo.

-Esto es lo más raro que he oído en mi vida -dijo la viuda.

-Es lo más raro que yo haya dicho nunca- dijo la tía Pilar, sonriendo.

-¿Y por qué lo hace usted? -preguntó la viuda.

-¿Te sabés el cuento de Salomón y las mujeres que reclaman un niño como suyo? -respondió Pilar y siguió hablando-, yo soy como la madre, que cede al niño con tal de que éste viva. Yo quiero que Felipe sea feliz y creo que puede ser más feliz con dos mujeres que con una sola. -La tía calló y se produjo un silencio larguísimo que la misma tía volvió a romper.

-No hay muchos hombres en este pueblo -dijo- así que si yo fuera vos no dejaba pasar esta oportunidad. Si un día se aparece otro hombre que te guste siempre podés dejar este enredijo. No tenés mucho tiempo para pensarlo, yo conozco a Felipe y para mañana por la mañana habrá decidido morderse el culito como los zompopos y no buscarte más y aunque vos llegués a rogarle de rodillas te va a decir que no. Es un hombre muy orgulloso, así que si querés algo con él tenés que ir a buscarlo a su casa hoy, ahorita mismo, y del modo que sea convencerlo de venirse para acá con vos. Yo voy a quedarme un buen rato en la iglesia, pero como en una hora voy a estar de vuelta en la casa. Ese es el tiempo que tenés, decile que invente cualquier excusa -que vino el mandador a decir que una vaca se mató, por ejemplo- y que se venga para acá.

-Una hora pues... -dijo la viuda.

-Una hora para convencerlo de venirse para acá. Sólo tres cositas quiero pedirte, una es que nunca lo dejés quedarse a dormir con vos, mandalo siempre de regreso para su casa. La otra es que jamás se te olvide que la esposa soy yo. La última es que nunca le digás que tuvimos esta plática. Los hombres no tienen que saber todas las cosas.

-Pierda cuidado doña Pilar, tendré siempre en cuenta esas tres cosas.

-Pierdo el cuidado, gracias por el café.

-Gracias por su visita, que espero no será la última.

-No será. Fue un placer hablar con vos. Nos vemos.

-Que le vaya bien -Pilar se marchó de prisa por la calle húmeda y la viuda se quedó aún un momento viéndola caminar hacia la iglesia, cerró luego la puerta trás de sí y se recostó en ella. El corazón le palpitaba a gran velocidad. "Una hora" se dijo y entrecerró los ojos.

viernes, 2 de noviembre de 2007

En edad de tener querida (parte 2)

Aquella tarde, el tío Felipe y la tía Pilar se pusieron de acuerdo en que el tío se buscaría una amante porque según la tía una sola mujer no era suficiente para un hombre tan amoroso y ardiente.

-¿Querés que hable yo con ella? ¿Querés que te la convenza? -había preguntado la tía Pilar.

-No Pilarica, si me voy a buscar una querida me la voy a conseguir yo mismo, ¡No faltaba más! Yo mismo la voy a enamorar y la voy a conseguir. Vos estate quieta que podés enredar la cosa.

-Pero mirá Felipe que vos no sos muy bueno en eso de enamorar. Me preocupa que la mujer no te haga caso y que otro bandido te la vaya a quitar.

-Estás loca, yo soy un campeón en estas lides. ¿Acaso no te conseguí a vos?

-¡Ja! Yo fui quien te enamoró pues vos nunca actuabas. Si me hubiera quedado esperándote me habría quedado a vestir santos.

-Bueno, así no es como yo recuerdo las cosas, pero mejor dejémoslo hasta aquí nomás. Yo voy a conseguir a la mujer y ya.

El tío Felipe, parsimonioso hasta decir quitá se puso manos a la obra, pero los días fueron pasando y fue evidente que los temores de la tía Pilar no eran del todo infundados. Una tarde que el tío Felipe se sentó a la mesa malhumorado, la tía pIlar creyó oportuno hablar con él y ofrecerle ayuda.

-¿No va bien la cosa, Felipe?

-No, no va bien. No me la he volado si a eso te referís.

-¿Querés que hable con ella? -Preguntó la tía.

-¿Y qué le vas a decir? -respondió el tío mirándola de mal modo, y continuó- Seguro que le vas a decir "Mirá Fulanita, ¿Se lo podrías prestar a mi marido?" Vos sí que estás mal de la cabeza. Ya te dije que no te metás que esto lo arreglo yo mismo.

-Tenés que apurarte, esmerarte. A este paso te la quitan. He oído que Sacasa ha estado pasando por allá y ese hombre es zángano, sus mujeres le tienen más de cuarenta hijos.

-Sacasa no tiene ahí ninguna esperanza, ese sólo consigue muchachas del pueblo, criadas, esta mujer es de otro nivel. Además él es sólo amigo de ella, desde tiempos del finado. Pasa por donde ella para dejarle leche y a veces alguna cuajada.

-Pues a cuajadazos te la va a quitar. ¿Y vos qué tanto es lo que hacés allá? Porque últimamente te pasás las tardes en esa casa.

-Yo le dije que vos me mandaste a ayudarle a reparar los cuartos de allá atrás que se estaban cayendo.

-¡Ah! Es que ahora sos carpintero...

-Y pocero.

-¿Cómo es eso?

-Le limpié el pozo que se le había desbarrancado en el fondo.

-¿Te metiste al pozo? Ay Dios, ¡te me vas a ahogar!

-Me metí junto con "chancho rapado", el albañil. Tres días trabajamos y lo dejamos nítido. El mejor pozo del pueblo.

-Estás muy trabajador. Y aquí ni siquiera agarrás una escoba para hacer la mueca de barrer.

-Vos tenés catorce criadas, a aquella pobre mujer sólo le ayuda la mama, que además de vieja está toda achacosa.

-Sos un exagerado, sólo tengo dos mujeres.

-Y la cocinera.

-Tres.

-Y la que hace los mandados.

-Eso suma cuatro, no catorce, ¿Pero vos ya le dijiste a la viuda lo que querés de ella?

-Todavía no -respondió el tío, como apenado- el día que se lo iba a decir empezó a llorar, acordándose del finado Medina.

-Y vos por saupuesto le dijiste que Medina era un hijueputa, un canalla, que la dejó en la calle por zángano y por bolo, que se murió por estúpido porque nada tenía que andar haciendo en esa barrera de toros y menos así de borracho como andaba.

-Cómo se te ocurre que yo le pueda decir eso. Medina está muerto y no es correcto hablar mal de los muertos.

-Maridito lindo, yo te quiero mucho pero déjame decirte una palabra: ¡bruto! con B de buerro grande. Para conseguir a una mujer no se le habla bien del marido, por muy vivo o muerto que esté. Siempre hay que echarle tierra si es que está vivo y si está muerto hay que echarle más tierra aún porque no puede defenderse y para que no se salga del hoyo. En este asunto uno debe ser implacable.

El tío Felipe miró a su mujer como si esa hubiera sido la primera vez que la veía. Después de un rato de mirarla empezó a reirse a carcajadas.

-¡Ahora resulta que sos experta en estos asuntos. Y desalmada además! Vos pensás que porque leés novelitas de amor francesas sabés todo sobre el amor, ja. Pues para que sepás yo no voy a echarle carbón al finado Medina para tener algo con su viuda. Si voy a llevármela a la cama será a mi modo, limpiamente, sin tener que desfigurarle la imagen al pobre Medina, que además me caía bien con todo y sus defectos.

La tía se quedó callada esa tarde y por un buen tiempo más no habló más del asunto. La idea de mandar a Felipe a buscarse una querida no había sido tan mala, pues aunque la señora aquella no lo dejara aún entrar en su cama, el tío tenía ahora una entretención y se pasaba muchas horas fuera de casa, dejándola a ella en libertad para ocuparse de sus propias cosas que a fin de cuentas era lo que ella quería. La tía había empezado a escribir una novela de amor, pero poco a poco había ido cayendo en la cuenta que ese asunto de escribir era más difícil de lo que parecía. Escribir aquella novela era como armar un rompecabezas sin tener frente a sí el modelo y aunque tuviera todas las piezas necesarias, por más que se esforzara no lograba armarlo bien, no lograba escribir lo que quería y del modo como lo quería. Le faltaba leer más -pensaba la tía- para aprender a narrar los episodios de amor y por eso en los últimos días devoraba más que leía, novela tras novela. Había descubierto a los escritores rusos y estaba fascinada con aquella manera de describir las cosas que tenían los rusos, quizás por provenir de aquellos enormes territorios helados. Así pasaron tres meses.

Una tarde de mayo empezaron las lluvias.