lunes, 6 de octubre de 2008

Las cuentas de la lechera (parte 1 de 2)


En algún momento del año 2007, alguien me escribió privadamente para decirme que le gustaban mucho mis posts y me preguntaba por qué no escribía yo con más frecuencia en mis blogs. Yo le respondí agradeciéndole la gentileza y le expliqué que escribir me tomaba mucho tiempo y que yo tenía que trabajar para vivir y le dije medio en serio y medio en broma que si alguien me pagaba para escribir yo con gusto me sentaría cada día a hacerlo hasta quedarme dormido frente a la computadora, muerto de cansancio. Esta persona continuó escribiéndome y me dijo que si era así, con gusto me pagaría para escribir, aunque fuera por algunas horas nada más y me preguntó cómo podía hacer para mandarme dinero. Fue así como nació la idea de establecer el sistema de patrocinio que ya no recuerdo cuando empezó pero cuyo anuncio lo hice en este mismo blog en un post al que le puse fecha de enero 2007. Abrí entonces una cuenta de Paypal para que toda persona que me leyera y le gustaran mis escritos pudiera hacer click en el botoncito de paypal que puse en mis blogs pagándome de esta simple manera para escribir. Mis posts, que eran el producto de mi hobby de escribir, pasaban de este modo a convertirse en mercancía. Establecí el arbitrario precio de cinco euros por cada cien de palabras escritas en parte porque cinco euros es la cantidad mínima de una transacción de Paypal y en parte porque me pareció un precio razonable, visto el esfuerzo y el tiempo que me toma escribir cien palabras bien interconectadas entre sí. Escribí un post anunciando el establecimiento del sistema de patrocinio y explicándole a la gente cómo podía hacer para pagarme. En los primeros días algunas personas hicieron uso del botoncito de PayPal, me mandaron dinero y yo escribí algunos posts. Cuando ví que había gente, aunque no fuera mucha, que estaba dispuesta a pagarme para escribir la cabeza se me llenó de humo y empecé a hacer las cuentas de la lechera y para que sepa a qué me refiero transcribo aquí para usted la Fábula de La Lechera, de Félix María de Samaniego (1745-1801).

LA LECHERA

Llevaba en la cabeza
una lechera el cántaro al mercado
con aquella presteza,
aquel aire sencillo, aquel agrado,
que va diciendo a todo el que lo advierte.

¡Yo sí que estoy contenta con mi suerte!
Porque no apetecía
más compañía que su pensamiento,
que alegre le ofrecía
inocentes ideas de contento.

Marchaba sola la feliz lechera,
y decía entre sí de esta manera:
"Esta leche vendida,
en limpio me dará tanto dinero,
y con esta partida
un canasto de huevos comprar quiero,
para sacar cien pollos, que al estío
merodeen cantando el pío, pío".

"Del importe logrado
de tanto pollo mercaré un cochino;
con bellota, salvado,
berza, castaña engordará sin tino;
tanto que puede ser que yo consiga
ver como se le arrastra la barriga".

"Llevarélo al mercado:
sacaré de él sin duda buen dinero;
compraré de contado
una robusta vaca y un ternero,
que salte y corra toda la campaña,
hasta el monte cercano a la cabaña".

Con este pensamiento
enajenada, brinca de manera
que, a su salto violento,
el cántaro cayó. ¡Pobre lechera!

¡Qué compasión! Adiós leche, dinero,
huevos, pollos, lechón, vaca y ternero.
¡Oh loca fantasía!,
¡Qué palacios fabricas en el viento!

Modera tu alegría;
no sea que saltando de contento,
al contemplar dichosa tu mudanza,
quiebre tu cantarilla la esperanza.

No seas ambiciosa
de mejor o más próspera fortuna;
que vivirás ansiosa
sin que pueda saciarte cosa alguna.

No anheles impaciente el bien futuro:
mira que ni el presente está seguro.

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