lunes, 17 de noviembre de 2008

Hora de las piedras pómez

A estas alturas, vista la impresionante magnitud del fraude realizado por Daniel Ortega en las elecciones municipales en Nicaragua, efectuadas el día 9, ya no cabe más pedir un nuevo conteo de los votos, pues incluso si esos votos que fueron depositados en las urnas se contaran de nuevo y sin hacer trampas, ellos no reflejan en realidad la voluntad del pueblo. Fueron miles de diferentes trucos los que la gente de Daniel Ortega realizó y gracias a ellos, la elección está tan viciada que para ninguna de las 146 alcaldías en disputa es ya posible saber realmente qué cosa es lo que la gente quería en estas elecciones, qué personas deberían ser alcaldes, qué personas tienen en verdad derecho a ser investidas concejales. A estas alturas de los acontecimientos ni uno solo de los números presentados por el Consejo Supremo Electoral es creíble pues probablemente cada número ha sido falseado. Si ahora nos concentramos en solicitar un nuevo conteo de los votos depositados en las urnas, estaremos legitimando el enorme fraude cometido. Déjeme darle un par de ejemplos, sólo para que vea usted cómo está la cosa de complicada: en esos votos depositados en las urnas no estarán los miles de votos de aquellas personas que votarían por la oposición pero que fueron impedidas de votar cuando de modo dirigido les negaron su cédula de ciudadanos, el documento que les acreditaba para votar. En cambio, en esas urnas, entre otros votos que no deberían legalmente estar ahí, estarán los votos a favor del partido en el gobierno de personas fallecidas hace ya mucho tiempo y los de jóvenes partidarios del régimen que aún no tenían la edad legal para votar y sin embargo votaron, en muchos casos más de una vez. En las urnas no estarán los votos de miles de personas que el mismo día de la elección se vieron impedidos de depositar sus votos porque los partidarios de Ortega cerraron cientos de centros de votación muchas horas antes de lo programado, cuando ya los disciplinados partidarios del régimen habían votado obedeciendo el llamado que su jefe les hiciera de votar temprano. Para su información, eso que los cínicos magistrados del Consejo Supremo Electoral llaman abstención, son en su gran mayoría nada más que personas impedidas de votar de mil maneras diferentes por los orteguistas temerosos del voto popular.

Si, por otro lado, la oposición aceptara revisar de nuevo los números que el Consejo Supremo Electoral presente para cada junta, sin ir a recontar los votos en la urna, a todo lo anteriormente dicho se agregaría un nuevo elemento que multiplica el error: los votos anulados. De manera tramposa, sin base real para ello, los fiscales del partido orteguista declararon nulos miles de votos que habían sido depositados a favor de la mayor fuerza opositora.

Podría pasarme todo el día describiendo para usted los mil vicios que esta elección tiene, los mil trucos realizados por los orteguistas a los ojos de todos, burdamente, riéndose de todos nosotros en el rostro. Podría hablarle por ejemplo de la imposibilidad estadística de la existencia de juntas receptoras de votos en las que todos los cuatrocientos votos fueron a favor del partido en el gobierno. Los casos en los que esto ocurrió fueron muchos, cuando la probabilidad de que ocurra una sola vez es tan baja que la hace simplemente imposible. Podríamos pues seguir hablando de los enormes vicios del recién finalizado proceso electoral, pero la hora de hablar ha terminado ya. La hora de actuar se ha llegado, la hora de exigir, del modo que sea, que se lleven a efecto nuevas elecciones, de nuevas maneras, con nuevas personas, de tal modo que esta vez sea posible saber cuál es la voluntad popular.

Este es el momento más crítico en la historia de la Nicaragua democrática. Nunca como hoy estuvo la frágil, naciente democracia, en mayor peligro que ahora. Es hora de salvar la democracia al costo que sea, no mañana, hoy, pues ya mañana no habrá nada que salvar. Si en este momento no actuamos ya no habrá más mañana.

Ya no se trata de salir a la calle para pedir que se le entregue la alcaldía a nadie, es hora de salir y exigir que se realicen nuevas elecciones, al costo que sea, para que podamos escuchar la voz del pueblo, la voz de Dios, que con tanto truco de Daniel Ortega no hemos podido escuchar.

Ahora iremos a la calle, pero no a defender candidatos porque a estas alturas ya no hay más candidatos, ahora iremos a la calle a defender la violada democracia, a evitar que la echen a los perros. Yo no me quedaré aquí en mi cómodo, agradable rinconcito, esperando que sean otros los que vayan a salvarla, a que sean otros los que saquen por mí las castañas del fuego. Yo estaré ahí, presentando la cara. Usted, ¿qué hará?