miércoles, 10 de diciembre de 2008

La vida sigue y sigue y sigue...

Un mediodía de estos, mientras caía una copiosa lluvia un tanto fuera de lugar en esta época, extraños ruidos afuera de la casa de mi madre me hicieron salir a la calle para ver qué pasaba y lo que me encontré fue ese par de perritos que aparecen en las fotos de este post. Puede ser que a usted las fotos le parezcan un tanto chocantes, pero fue precisamente esa escena la que inspiró las ideas de este post que ahora escribo para usted y otras ideas más que no escribiré aún. Pensar en estas cosas me fue muy útil aquella tarde, ojalá lo sea para usted también.


A veces, cuando la vida nuestra parece estar cayéndose a pedazos pasamos a ocuparnos tanto de nuestras propias cosas que la visión se nos hace muy estrecha, el mundo se nos hace muy pequeñito y hasta llegamos a creer que sólo lo nuestro es importante, como si no existiera nada más que nosotros, nuestras ideas y nuestra pequeña y atribulada vida. Por otros caminos llegamos también al mismo punto, como cuando nos concentramos en las grandes ideas, las grandes preocupaciones existenciales, el pensamiento filosófico o la persecución de unos elevados ideales, cosas que se vuelven tan importantes que nos alejan de las cosas, del mundo de allá afuera. En ambos casos, se nos olvida que la vida más allá de nuestra puerta seguirá con nosotros o sin nosotros, estemos nosotros o no estemos, lo querramos o no, porque la vida es como un río que fluye siempre, intensamente, sin detenerse nunca y no nos esperará, no aguardará tranquila esperando que nosotros nos sumemos también a la corriente.


Si no nos sumamos nosotros también a la corriente y no la navegamos, serán otros los que pondrán su impronta en la vida que fluye y le darán el color y la dirección que ella habrá de adquirir. Es que mientras nosotros estamos detrás de nuestra puerta, pensando y lamentándonos hay otros que andan por ahí viviendo la vida con toda su energía y dejando su huella en el paisaje, como esos dos personajes de las fotos de este post. Yo sólo tengo una vida ¿dejaré que sean otros quienes decidan por mí el rumbo de la vida mía? ¿dejaré que sean otros los que vivan mientras yo estoy aquí sobreviviendo?

Mire usted, ese par de miserables perritos, mal comidos, cuyo polvito de ese mediodía les costó muchísima energía y les dejó después medio muertos obedecieron al impulso de la vida, al mandato de seguir propagándola, extendiéndola, dejándola fluir. Ellos no le dijeron "no" a la vida y asumieron con valentía su misión bajo la tormenta y expuestos a la violencia de otros perros callejeros y de borrachos amargados que vagaban por el sector y no les dejaron hacer sus cosas en paz. Aquel polvito no fue cosa fácil, fue un asunto muy riesgoso, pero con miedo y todo ellos aceptaron exponerse, ser vulnerables por un tiempo que les habrá parecido eterno, todo por la vida, por cumplir su mandato de vivir y propagar la semilla.


Piense usted en estas cosas, pero no sólo piense, vaya, viva