martes, 12 de enero de 2010

Patinando (2)



Esos pocos minutos de esa mañana intentando dominar el difícil arte del patinaje fueron para mi no sólo un ejercicio físico sino también un ejercicio intelectual pero sobre todo espiritual. Déjeme contarle cómo transcurrió ese momento tan profundamente aleccionador de esa mañana de sábado.

Yo ya a lo sabia y volví a comprobarlo, que patinar en el hielo es una de esas cosas que parecen fáciles de hacer, hasta que uno mismo lo intenta. Ahí estaba yo, un amigo de cincuenta años que nunca en su vida ha sido deportista tratando de aprender un arte que aun de niño es difícil de aprender pues requiere de mucha disciplina, concentración, fortaleza física, agilidad y dedicación. Para decirlo brevemente, no es asunto de soplar y hacer botellas.

Alrededor mío niños y adultos se movían en sus patines, pasando a veces a gran velocidad por mi lado, disfrutando intensamente de la experiencia, mientras yo sufría enfrentándome a la realidad de un cuerpo que no me obedecía y de un espíritu en lucha que por un lado decía "adelante" y por el otro me decía "sentate". Intenté ponerme de pie y aquello me pareció tan difícil que a mi mente vino de inmediato una escena de la película "Una ventana al cielo" (The other side of the mountain), que en mi adolescencia me produjo una honda impresión y creo que hasta lágrimas me sacó. En esa película una joven atleta de alto nivel, esquiadora para mas señas, queda paralizada desde los hombros después de una terrible caída sufrida mientras se preparaba para los juegos olímpicos de invierno del año siguiente. Semanas o meses después la joven, muy alegre, recibe a su novio atleta esquiador también, sentada en una silla de ruedas con un recipiente lleno de papas fritas en su regazo y para mostrarle a su amado cuánto ha avanzado en su recuperación introduce una mano en el recipiente, tratando de pescar una papa frita, lo que finalmente consigue después de un larguísimo momento de intenso sufrimiento y luego de romper todas las demás papas fritas y de haber sudado a mares por el esfuerzo. Aquel pequeño acto que para ella significa un momento de triunfo al conseguir al fin la necesaria coordinación de sus nervios y músculos, es para el novio un momento de decepción y después de observarlo se marcha para nunca mas volver. Así estaba yo ahora como aquella muchacha, sufriendo y sudando a mares intentando organizar mis nervios y músculos para ejecutar el acto de ponerme de pie sobre un par de zapatos asentados sobre dos cuchillas, que es como definiría yo un par de patines de hielo. Sabia que patinar iba a ser difícil para mí pero nunca pensé que fuese a serlo tanto. Creo que finalmente sentí y entendí, aunque solo fuera por un momento, lo que sienten los discapacitados cuando ejecutan esos actos que nosotros, los no-discapacitados hacemos sin siquiera pensarlo. Intentando ponerme de pie me fui dando cuenta, una por una, de mis limitaciones y fui haciendo inventario de las cualidades que necesitaría si es que quería aprender a patinar. Debía tener valor y enfrentarme al natural temor de caerme, que me mantenía paralizado, pegado a la silla y diciéndome a gritos que no lo intentara, que ya estaba demasiado viejo para esos trotes, que me iba a resbalar, caer y quebrarme algo y que me iba a doler. Respiré hondo, me armé de valor y me decidí a iniciar el proceso de elevarme. Pero aunque un espíritu decidido es una condición sine qua non para ejecutar grandes actos, no es suficiente, al menos no en este caso. Luego de tomar valor necesitás también tener habilidad y aquel hermoso cuerpo mio, que me ha dado tantas satisfacciones en la vida, ha estado demasiado tiempo abandonado, acostumbrado a la vida fácil, sin hacer nunca esfuerzos demasiado grandes y los músculos, aunque aún en bastante buen estado se han aflojado y no responden con la prontitud y la destreza que deberían.

No se cuanto tiempo habrá transcurrido hasta que pude al fin estar de pie, apoyado en la silla que había llevado conmigo, pero el asunto apenas estaba empezando, aun tenia que colocarme detrás de aquella silla para intentar luego moverme hacia adelante sobre aquella superficie, resbalosa como jabón. Mi signo zodiacal es géminis y nunca como en ese momento pelearon tan fuertemente los gemelos que habitan mi mente. Uno de ellos, no sé cual, se empeñaba con mil argumentos en convencerme de sentarme y abandonar el intento mientras el otro me hablaba del gran salto espiritual que para mi significaría continuar en mi empeño. Varias veces estuve tentado de sentarme, quitarme los patines, ponerme las botas y marcharme, pero decidí que seguiría hasta el final y que habría de patinar aunque dejara los dientes tirados por el hielo, convencido de que esta experiencia seria profundamente enriquecedora para mí. Me erguí sobre unos pies que parecían haber cobrado vida propia y se deslizaban en todas las direcciones y logré finalmente colocar la silla delante de mi. Aquel fue mi primer gran logro de aquel día, mi más grande proeza del año que se inicia, pero era sólo un primer paso, aún no era momento de celebrar, la diversión estaba apenas asomando la nariz.

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