domingo, 17 de enero de 2010

Patinando (4 y final): loro viejo que aprende a hablar

Regresé a la pista por la noche de ese dîa, cuando los demás patinadores se habían marchado a sus casas. Estaba oscuro pero el reflejo de las luces de la cercana ciudad sobre el manto blanco de la nieve permitîa ubicarse bien en aquella soledad. Busqué un carrito de supermercado, lo empuje al centro de la pista, me apoyé en él para calzarme los patines y con ellos puestos me puse de pie. En lo oscurito, sin testigos, me enfrenté pacientemente a mis limitaciones y le fui buscando la vuelta al palo, buscándole el modo pues a aquel asunto de patinar. Decidî que no iba a darme ni aceptarme como excusa ni la edad ni la falta de forma fîsica, ni el terrible dolor que por todas partes me causaba emprender aquella extenuante tarea: iba a aprender a patinar con todo y mis carencias. Empujé el carrito que se deslizo sobre el hielo muchîsimo más fácilmente que la silla que habîa empleado aquella mañana. Detrás del carrito me fui deslizando yo también, al principio con mucha dificultad, arrastrándome casi. Con el paso de los minutos fui mejorando en mi ejecución, aquel cuerpo cincuentón fue encontrando su balance sobre los patines y el terrible dolor en los tobillos y en la planta de los pies fue disminuyendo y haciéndose manejable al ir encontrando la manera adecuada de mantenerme erguido sin que los pies se fuesen por donde les diera la gana. Me sentí contento del avance que había experimentado y después de varias vueltas a la pista en las que intenté con éxito mantenerme en pie sobre los patines sin apoyarme en nada, me fui feliz para la casa a ponerme linimento para el dolor en toda la parte baja de mi cuerpo.

La noche del día siguiente regresé de nuevo a la pista, a mi tercera sesión de patinaje y esta vez tampoco habría testigos de mis miserias. Hacía un clima áspero, con un frío de varios grados bajo cero y un viento sibilante que hacía que el frío te llegase hasta el hueso. Esta noche, para mi sorpresa, estaba patinando cada vez mejor, el cuerpo dolía cada vez menos y hasta casi podría decirse que empezaba a experimentar placer en el patinaje. Decidido a probar mi suerte empuje el carrito unos cuantos metros delante de mí, me quedé de pie sin su apoyo y empecé a tratar de patinar en su dirección. Pero imaginar cómo se patina no es lo mismo que patinar y no pude ejecutar aquellos graciosos movimientos que me había imaginado a mí mismo realizando. Avancé, sin embargo, a duras penas pero me había desplazado hacia adelante sobre dos patines sin apoyarme. Alcancé a llegar al carrito y por un buen rato estuve repitiendo el acto de enviarlo lejos y patinar luego hasta él, cada vez más lejos. "Estoy patinando", me dije a mí mismo, orgulloso y contento. "El loro viejo está hablando" me dije y empujé el carrito con tanta fuerza que fue a parar unos cincuenta metros más adelante, ayudado por el viento. Llegar hasta allá me costó mucho esfuerzo pero logré patinar aquellos cincuenta metros feliz de la vida. Aún practiqué un buen rato y luego me marché, sorprendido de darme cuenta que hasta entonces no me había caído ni una vez en esas tres sesiones de aprendizaje.

El miércoles 13 por la tarde me fui de nuevo a patinar, esta vez a media tarde y plena luz porque ya había adquirido confianza en mí mismo y ya no estaba haciendo el cuadro en la pista tras de una silla o un carrito, de aquí en adelante patinaría sin apoyo como todo el mundo. De camino a la pista me encontré a Rob, un amigo que gusta de patinar y que al verme decidido se ofreció a darme una clase rapidita y acordamos que el iría a su casa a buscar sus patines y me alcanzaría en la pista en un cuarto de hora.

Rob me encontró en la pista para niños y se rio de mí y me dijo que fueramos a lo pista que usaban los adultos, pero yo le dije que esta pista estaba bien para mi categoría. El amigo me demostró y me hizo practicar los movimientos básicos del patinado y la posición que debía asumir, lo que provocó que me dolieran nuevos músculos que hasta entonces no había usado. El curso rápido fue muy efectivo y antes de media hora y luego de tres caídas sin consecuencias, estaba patinando como se debe. No avanzaba rápido, mis movimientos no eran nada graciosos ni me salían fácilmente y me dolía todo pero patinaba y ahora era sólo una cuestión de dedicarle tiempo hasta que un día pueda hacerlo graciosamente. He aprendido a patinar, a los cincuenta años. Ahora veré qué otra cosa me pondré a aprender, ¿karate quizá?
Así que la próxima vez que usted quiera aprender algo vaya e inténtelo, no deje que le desanimen quienes le dicen que loro viejo no aprende a hablar, no importa si aún quitándoselos resulta que tiene usted un montón de años.

2 comentarios:

Orlando dijo...

Muy bien Pío. Felicidades, ahora sólo te hace falta hacer un Axel triple y ya está.

Un gran abrazo

Pio Martinez dijo...

Jaja! Fui a la enciclopedia a buscar qué cosa es eso de axel triple y luego fui a youtube a mirarlo y me rei de solo pensarlo. Creo que si lo intentara en este momento me desnucaria. Pero quien sabe, a lo mejor para el siguiente invierno...