lunes, 11 de enero de 2010

Patinando (1)


Zonsondergang Uitdam, originally uploaded by Remko van Dokkum.

"Al país que fueras, haz lo que vieras" solía decir mi madre, citando a mi abuelo, su padre, que se sabía todos los dichos habidos y por haber. Lo decía con frecuencia, cada vez que viajábamos, aunque sólo fuese a la esquina, y como ella lo decía y mi abuelo lo decía pensaba yo que por algo lo dirían y desde pequeñito traté de seguir el consejo y a cada lugar que he ido he tratado siempre de ajustarme a las costumbres locales. Así, dondequiera que he ido he comido y bebido lo mismo que los nativos y he procurado seguir sus costumbres, pues según fui encontrando, siempre tenían alguna buena razón para comer, beber y hacer esas sus cosas propias y era para mi conveniencia hacer como hacían ellos. No recuerdo haberle preguntado nunca a mi madre por qué o para qué en un país extraño tenía uno que hacer lo que viera a los locales haciendo, pero lo fui entendiendo con el tiempo y terminé de entenderlo a mi manera en mis últimos años de estudiante de Sociología, mientras hacía estudios de caso de sistemas de producción en Masaya: si querés entender a un grupo humano, grande o pequeño te conviene hacer aquello que los miembros de este grupo hacen. No digo que esta sea la única manera de entender a la gente, pero para mí esta ha sido siempre la manera más expedita. Digamos que me he puesto en los zapatos del otro para poder entenderlo.

Les cuento esto porque vivo en Holanda desde hace ya una década y siguiendo mi costumbre, en todo este tiempo he procurado hacer lo que he visto, cuando me ha sido posible. He comido las comidas del país, algunas de ellas un poco difíciles de aceptar en un principio, como el arenque crudo, que ahora me gusta mucho. He bebido sus bebidas, algunas de ellas con un tremendo poder embriagante y, para decirlo en pocas palabras, he adoptado como propias muchas de las costumbres de los nativos, como utilizar la bicicleta como el medio más corriente de transportarse, y saludar a las mujeres con un beso en cada mejilla (aunque últimamente se ha adoptado la costumbre de dar tres besos en lugar de dos, lo que a veces me encanta). Seguro que se me habrán escapado docenas de costumbres locales de las que quizás ni me doy cuenta, pero había una cosa que era importante y aún no había hecho: patinar en el hielo en aquellos inviernos más fríos, cuando algunos canales y otros cuerpos de agua se congelan. Creo que nunca le dí suficiente importancia a esta costumbre del país y en todos estos años por una u otra razón el invierno se fue sin que yo intentara patinar. Algunos años los canales no se congelaron, en otros el espesor del hielo fue insuficiente, en otros más no estuve en el país y en los pocos inviernos que tuve todas las condiciones para patinar, con uno u otro pretexto no lo hice. Este invierno, gracias a una ola de frío que se ha extendido por varias semanas, se han creado magnificas condiciones para patinar en esta ciudad donde vivo y ya no tengo excusa para dejar de hacerlo y decidí que ahora sí, cumplidos mis cincuenta años al fin era hora de aprender a patinar.

Decidido a patinar, el jueves por la noche pasé a visitar a mi amigo Kees, jugador de rugby y fanático del patinaje sobre hielo quien me dio prestados un par de sus patines y el sábado por la mañana me fui a las afueras del pueblo a un lugar donde un grupo de voluntarios han habilitado una pista sobre una laguna congelada. El día anterior cientos de niños, jóvenes y viejos se movían por la improvisada pista, pero esa mañana, para mi suerte, había un clima de perros, con un viento frío que se metía hasta el cerebro congelándote el pensamiento y los patinadores eran sólo unas pocas docenas. No habrían pues demasiados testigos a mi atrevido intento. Entré a la laguna congelada y caminé unos treinta o cuarenta en dirección a su centro cargando la silla de madera que había llevado conmigo para que me sirviera de apoyo, me senté en ella, me quité las botas y me calcé los patines. Aún me quedé unos pocos minutos sentado, pensando en la magnitud de la tarea que tenía por delante. Jamás he sido deportista y cuando jugaba beisbol en mi niñez con bola de calcetín en las calles de la Managua pre-terremoto, era de los últimos en ser escogido y era usualmente el que provocaba que mi equipo perdiera el partido. Mi hazaña deportiva más grande la había escenificado una tarde de 1977, bajo la influencia de la adrenalina, en una manifestación contra el dictador Somoza en el Barrio Riguero de Managua, al saltarme un ancho cauce y luego un alto muro, escapando a la persecución de un guardia de Somoza, único testigo de mi proeza. Eso y las largas y lentas caminatas que hiciera en los años ochenta como soldado de la reserva persiguiendo enemigos que nunca encontré y cuya existencia llegué a dudar, habían sido lo más cercano a la práctica deportiva que yo había vivido. Ahora estaba ahí sentado disponiéndome a patinar. Luego de muchos años de dejar en paz a mi hermoso cuerpo y no someter sus músculos a muchas exigencias me disponía ahora a ponerlo a trabajar y a aprender una disciplina que bien sabía yo exige una buena condición física.

2 comentarios:

Orlando dijo...

Suerte, Pío, en tu nueva aventura. Quisiera decir que te envidio, pero esos fríos son de pensarse. Como dato de Riplay, el Gobierno de Reconciliación y demás locuras, mandó a poner una pista de hielo para que los niños pobres de Managua pudieran aprender a patinar sobre hielo, así cuando el planeta llegue a una nueva era de hielo, no tengan problemas. Cosas veredes.

Pio Martinez dijo...

Gracias Orlando, por pasar por acá y desearme suerte, que es lo mejor que puede uno desear para alguien. Por alguna parte he escrito que este año será mi año de vivir apasionadamente y lo he dicho tanto que me lo voy creyendo. Debe ser por eso que decidí intentar patinar y ha sido una lección enorme que ya iré contando lo mejor que pueda en los siguientes posts. Creo que es bueno aprender (o intentar aprender) nuevas cosas y aunque nos cueste mucho, es beneficioso sentarnos de vez en cuando en la silla del aprendiz, no sólo por lo que podemos aprender sobre el arte a estudiar, sino también por lo que podemos aprender sobre nosotros mismos en el empeño. Ese simple acto de intentar patinar ha dejado al descubierto para mí mismo rasgos de mi caracter que no había apreciado bien.No nos gusta y nos rebelamos cuando ya de viejos tenemos que hacer de alumnos, pero creo que vale la pena y de aquí en adelante, en mis próximos cincuenta años, intentaré aprender algunas cosas nuevas.Pero bueno, basta de hablar sobre mí, que a fin de cuentas mi "proeza" es sólo un paso de hormiga.

Sí, eso que el dictador y su bruja están haciendo con los pobres de nuestro país, especialmente con los niños es de una enorme crueldad. Poner pistas de hielo para que patinen niños que apenas comen es una burla que sólo pueden concebir las mentes perturbadas de esa familia.

Saludos