miércoles, 13 de enero de 2010

Patinando (3)

Con la silla delante de mí y medio cuerpo echado sobre el espaldar intenté hacerla avanzar por el hielo y avanzar yo mismo, sin soltarla, tras de ella. Había imaginado que aquel movimiento me saldría sin problemas, elegante, airoso. Me imaginaba deslizándome a gran velocidad por la pista, empujando el asiento, pero no pude replicar en la realidad aquellos gráciles movimientos que visualizaba en mi mente. La silla es el apoyo clásico utilizado por los niños en sus primeras incursiones sobre las superficies congeladas, pero la mía no estaba cooperando, quizás porque fue una silla que me regaló mi amiga Arantza, y ella jamás aprendió a patinar. Mis pies tampoco estaban cooperando mucho, doblándose a uno y otro lado, incapaces de mantener la cuchilla de los patines en posición vertical y aquella lucha por mantener el equilibrio me estaba haciendo sudar y me estaba causando dolor desde la cruz hasta el rabo. Después de un momento de lucha empecé al fin a moverme y logré avanzar unos cuantos pasos que me dejaron sin aliento y decidí sentarme a descansar. Lograr sentarme fue un acto que merecería un post aparte, tan difícil me resultó adivinar los movimientos que tenía que hacer para no terminar de cabeza o de nalgas en el hielo. Logré sentarme cuando ya el dolor en la planta de los pies, en los tobillos y en las pantorrillas alcanzaba niveles insoportables. Creo que los pies no me habían dolido tanto desde aquella vez, hace once años, cuando me caí de una moto en Achuapa y estrellé mi pie izquierdo contra una roca rompiéndomelo en tres lugares diferentes.

Ahí sentado empecé a caer en la cuenta de cuanto estaba aprendiendo sobre mí mismo aquella mañana. Uno hace las cosas del día a día sin pensarlo, sin sentirlo casi, pero intentando utilizar mis músculos en formas en que nunca habían sido utilizados, mis limitaciones estaban quedando al desnudo. Mi cuerpo me parecía un extraño y fui haciendo inventario de las cosas que iba descubriendo. Pero no era sólo sobre mi cuerpo que estaba aprendiendo, mi carácter se dejaba ver también muy claramente. Hace años que vivo una vida en la que no necesito ser muy valiente. Los riesgos de mi vida son muy pocos y muy manejables y quizá por eso, en el momento que busqué el valor dentro de mí para ponerme de pie y patinar me costó trabajo encontrarlo. El valor se presentó al fin pero lo hizo a regañadientes, cuando hace años habría venido sin necesidad de llamarlo. Creo que tenía miedo de caerme y romperme un hueso. La imagen de tipo fiera que de mí mismo tenía se me resquebrajó. El espejo me decía que ya no era yo el más bonito.

Ahi sentado pensé también en la utilidad de emprender el aprendizaje de nuevas cosas, de sentarse de nuevo en la silla del aprendiz. No nos gusta hacerlo y menos nos gusta hacerlo cuando nos están viendo. Por eso, aquella mañana me había ido yo calladito, sin invitar a nadie a acompañarme pues no quería testigos. Yo no sé de usted, pero a mí no me gusta que me vean en mis debilidades, no me gusta mostrar mis vulnerabilidades así porque sí. La imagen de campeón es mucho más gratificante que la de perico (aprendiz). Ahí sentado pensé también en los modos en que nos vamos a acostumbrando a obtener las cosas sin esforzarnos mucho por ellas, sin que nos cueste. Queremos las cosas fáciles y dejamos de perseguir ilusiones porque cuesta mucho alcanzarlas. Hay en nuestra cultura un dicho muy arraigado, “loro viejo no aprende a hablar” decimos, y lo decimos tan frecuentemente que nos lo llegamos a creer y dejamos de intentar nuevas cosas porque nos creemos loros viejos y cuando vemos personas “viejas” intentando aprender cosas nuevas, en lugar de motivarlas hasta nos burlamos de ellas. Ahora voy descubriendo que un loro viejo sí puede aprender a hablar. Claro, será sumamente dificil para un loro viejo aprendiz ganarle en un concurso de oratoria a loros que aprendieron a hablar desde muy jóvenes, pero al menos aprenderá a hablar.

No había llegado a aquella pista de hielo a pasarme la mañana sentado así que me armé nuevamente de valor y me erguí a seguir con mi calvario. La mía debe haber sido una extraña y triste estampa, una doliente imagen, arrastrándome casi por aquella pista, utilizada por niños aún no muy hábiles o muy pequeños, pero todos sin excepción patinando mejor que yo. Por suerte a los niños acá les enseñan a no burlarse de la gente y ninguno me dijo nada, a excepción de uno como de diez años que se me acercó a decirme que un poco más allá -y me señaló una dirección- habían unos carritos de supermercado que voluntarios del club de patinaje habían traído para los que querían aprender a patinar. Me dijo que un carrito era mejor que una silla, que se deslizaba más fácilmente y podía apoyarme mejor. Le agradecí al niño la información pensando que sería para mí imposible llegar hasta los carritos, a unos 75 metros de distancia. Por un rato más continué luchando con la silla y para mi propia sorpresa, descubrí que poco a poco iba mejorando y fui capaz de avanzar por la pista a cierta velocidad y de mantenerme erguido sobre los patines por algunos momentos sin apoyarme en la silla. Cuando el dolor se hizo insufrible y los músculos dejaron de obedecer me quité los patines, me puse las botas y me fui. Decidí regresar al final de la tarde y así lo hice, esta vez sin silla.

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