domingo, 16 de noviembre de 2008

Fraude enorme, desmedido

Sin tapujos, sin dobleces, voy a expresarle a usted aquí mi opinión sobre las recién pasadas elecciones municipales realizadas en Nicaragua, tómela usted en lo que para usted vale la humilde opinión de un ciudadano honrado, que tuvo la oportunidad de observar desde muy cerca el proceso electoral en cada uno de sus diferentes momentos y quien obtuvo de fuentes confiables la información sobre aquellas cosas que no pudo observar directamente.

Déjeme decirle de una vez mi conclusión, que luego le explicaré: estas elecciones fueron tan fraudulentas, sus resultados están tan alejados de la realidad que aquí lo único que cabe es desconocerlas, no aceptar sus resultados y exigir celebrarlas de nuevo, esta vez de otras maneras, que garanticen que los resultados expresen en realidad el deseo de la población.

No nos enredemos con complicadas definiciones. El voto de los ciudadanos expresa su voluntad, su deseo, es su voz, si los resultados que la autoridad electoral presenta no son el fiel reflejo del voto popular y son otra cosa muy diferente, puede hablarse entonces de fraude y en el caso de las recién pasadas elecciones se ha hecho una manipulación tan extrema de la voluntad popular, un acomodamiento tal de los resultados que ya a estas alturas no es posible saber en cada caso, qué fue en realidad lo que el pueblo deseaba, cuál era su voluntad y a quién quería elegir. A estas alturas de los acontecimientos, los datos que el CSE presenta no son creíbles para ninguno de los municipios en los que se realizó la elección. Los números que el CSE presenta son para cada caso, los números que el danielismo le ha dictado al consejo. Este proceso fraudulento ha dejado muy atrás cualquier otro fraude electoral cometido en la historia de Nicaragua. En su afán de quedarse con todo el poder el danielismo ha cometido una enorme torpeza y ha producido unos resultados que nadie con dos dedos de frente puede creer.

Escamotearle al pueblo sus votos, robarle su elección, es un enorme crimen y en estas elecciones el Consejo Supremo Electoral se convirtió en una asociación ilícita para delinquir, perdiendo hasta su último velo de legitimidad. Ha dejado de ser una institución para transmutarse en un nido de criminales al servicio de Daniel Ortega. Si en Nicaragua hubiese justicia desde el primero de los magistrados hasta el último funcionario del CSE, todos deberían ser juzgados por el horrendo crimen que hoy han cometido contra su pueblo.

El fraude electoral que hemos presenciado, que ha sido realizado burdamente, torpemente, ante nuestros sorprendidos ojos, ha sido planificado y dirigido como una operación militar con el objetivo de que los resultados electorales fuesen favorables a la pandilla de Daniel Ortega, esa que se cobija bajo las siglas FSLN y ha sido realizado con la absoluta complicidad de Arnoldo Alemán, el jefe de la otra pandilla. Nada, absolutamente nada en este proceso fraudulento ha sido dejado a la casualidad, todo, absolutamente todo, es el resultado de una intensa planificación y una ejecución realizada con precisión militar. No es por nada que la operación fraude electoral ha sido dirigida por quien fuera el director y por las estructuras de lo que en el primer gobierno sandinista fuese la temida Dirección General de Seguridad del Estado, que ahora funciona en la sombra, de manera casi invisible, pero dejando tras de sí su profunda huella.

Desde muchos meses antes del día de la elección, en las amplias oficinas en las que los dirigentes de estas fuerzas oscuras paramilitares se reúnen para planificar sus actividades delictivas, el proceso electoral todo fue desmenuzado hasta en su más pequeña pieza con el objetivo de manipular cada una de las piezas, dirigiéndolas de tal modo que la suma de las acciones produjese al final el resultado que Daniel Ortega deseaba obtener. Había mil diferentes maneras de afectar el proceso electoral y ellos planearon utilizar y utilizaron cada una de esas mil maneras, con una total falta de respeto por la voluntad del pueblo y utilizando para ello los recursos del estado, gastándose millones de dólares provenientes del erario público en pagar el masivo fraude. Todas esas diversas manifestaciones del fraude de las que vamos sabiendo ahora, descubriendo, recordando, no son “anomalías”, no son acciones aisladas, todas ellas son piedras que cuando vamos poniéndolas juntas las unas con las otras van convirtiéndose en el enorme edificio del fraude que los danielistas y sus colaboradores construyeron, un fraude gigantesco, cuyos resultados nos quieren ahora hacer tragar bajo amenaza y más tarde pretenderán imponer a sangre y fuego.

Ahora sólo queda desconocer la elección para hacerla de nuevo, de otro modo, cueste lo que ello cueste. Se ha llegado el momento de las piedras pómez. Ahora habrá que beberla o derramarla.